Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Llegó ligeramente tarde… la clase había comenzado. Todos los alumnos estaban dispuestos iniciando, en la mayor parte de los casos, los primeros trazos. Una luz ciertamente cálida alcanzaba la cabecera del salón e invitaba a mirar de forma instintiva… el no miró; se limitó a componer su habitual lugar de trabajo e iniciar los preparativos sin apenas levantar la mirada.
Era costumbre
del profesor inundar el lugar con música, según su criterio, adecuada y oportuna… Aquella tarde, en aquel instante era Maurice Ravel y su Bolero el que se deslizaba suavemente entre los alumnos y los espacios ocupados. La música - pensó resignado -, es algo muy personal.
Por fin, cuando todo estuvo dispuesto, levanto la mirada para dirigirla al frente de la clase; entonces se encontró con un conjunto mágico de amarillos, ocres, marrones y una cama tapizada por una marejada de sábanas revueltas que contenía en su centro un cuerpo relajado, hermoso, joven, ajeno…lejano…
La mirada del artista se encontró con la obra hecha, la belleza capturada y sólo tenía que copiarla. Deslizó la mirada suya, lentamente, sobre la piel alcanzada por la luz dorada que atravesaba la ventana. Aprendió poco a poco sombras, contrastes, luces, brillos, formas… detalló en los pies desdibujados por la luz pobre, como si nacieran de la oscuridad; recorrió con placer el camino de regreso al paraíso. Pensó cuan cálido podría ser aquel sexo y que colores precisaba para atraerlo a su lienzo… cerró los ojos y se encontró con la música y la imagen arrancada a la realidad. Pronto, cuando su corazón acelerado no pudo más, volvió a mirar… Luego fue el vientre perfecto y unos cuantos colores mas allá los senos que imaginó entre sus manos acostumbradas a jugar con los volúmenes, las sombras y los contornos. No podía, temía, apartar la mirada para iniciar su trabajo. Acaso la luz podría, con un giro inesperado, robar los tonos justos a la imagen que había encontrado. Llegó el momento de buscar su identidad y casi con delirio recorrió el borde de uno de sus senos para descubrir un perfil grato pero impersonal… la mirada invisible perdida a un lado, la boca imperceptible y el pelo desparramado sobre la almohada abandonada a una noche de placer. Entendió que la belleza se negaba a mirarle a los ojos… necesitaba el calor que suponía en aquella mirada. No parecía justo que tanta belleza no tuviera una mirada para atrapar…
Abandonó su lugar de trabajo y comenzó a andar con dirección al lugar que ocupaba la modelo. Los compañeros miraban atónitos. Cuando estuvo cerca, tanto como para mirar sus ojos, encontró que estaban cerrados… Igual que los suyos.
José Angel Fernández Díaz
(Imagen: Mujer Acostada de Dario Morales)