Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Cuando el cóctel de calmantes, que circulaba desde la bolsita transparente, por un finísimo tubo hasta una de mis venas, comenzó a recorrer la maraña interior que soy, poco a poco recuperé, primero mi deseo de vivir y luego la esperanza de no morir jamás…
Primero desapareció poco a poco un dolor terrible que me había convertido en una especie de calcetín desahuciado y que tenía su origen en uno de mis riñones… una piedrita, otra piedrita que quería conocer la luz… y mi uréter, vejiga y luego uretra se habían convertido en el puto túnel con luz al final… Creo que es el momento adecuado para agradecer a mi genética semejante regalo…
Luego, tras la remisión del dolor, apareció la mas agradable e indescriptible de las sensaciones… parece que la culpa es de un opiáceo potentísimo al que deberían llamar dios y no Dolantina… Fue entonces cuando me dejé llevar a través de un agradable sueño…
Ella, esplendida y cariñosa, me guiñó un ojo cómplice y convirtió aquellos labios de película en un beso que depositó sobre los míos, con una mezcla indisoluble de ternura y pasión… desconectó la vía de mi brazo y me tomó de la mano. Ven – me dijo-…. Y salimos de la habitación donde había quedado alojado el dolor. Me llevó hasta su moto, subió y me invitó a que la acompañara. Lo hice… Su melena rubia perfumada, rozaba mi cara que además recibía agradecida la brisa fresca de un día soleado… Abracé aquella cintura breve y deliciosa hasta que llegamos a la playa… Aquel perfume había revuelto alguna vieja historia en mi memoria.
Bajé de la moto y entonces detallé en ella, las mismas gafas de espejo, un vaquero cortado, una camiseta blanca de tirantes y una cazadora rockera… y aquellas sandalias de breve tacón, que se quitó antes de pisar la arena… Ven- escuché una vez mas… La seguí. La playa estaba rotundamente sola… la hicimos nuestra.
Entre dos macizos de rocas confesé que la conocía, que una mañana había ido tras ella y su perro hasta encontrarme con el sol intenso de las primeras horas, que abandoné por alguna razón o por diez razones y que no sabía bien si la había perdido… Posó uno de sus dedos sobre mis labios y me invitó a disfrutar del día y de su calor…
Cuando desperté, respiré profundamente y me encontré con aquel perfume invadiendo mi habitación… estaba solo y conectado a mi bolsita transparente vacía…
José Angel Fernández Díaz.