Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Fran era un poeta; lo era sin duda. Tenía la virtud de leer la realidad entre líneas y dibujar con palabras en el lienzo blanco de cada día un mundo casi perfecto, que algunas veces hacía discurrir entre sueños y alguna, solo alguna, entre pesadillas.
Fran amaba como un poeta… y era capaz de hacerlo en silencio. Dirigía la voz de sus sentimientos al mar intenso de la esquina verde, sentado en su roca, en la de pensar, decía; y aquello que su voz tímida no era capaz de hacer llegar a los oídos de la mujer que amaba, lo gritaba a las olas y al viento.
Hallaba belleza en todo cuanto atrapaba con su mirada. Allí donde sus sentidos llegaban se convertía siempre en terreno fértil para su espíritu dedicado a la aventura interior.
Era Fran un feliz perturbado, un ángel endemoniado, un goloso empalagado, un soñador compulsivo de historias casi imposibles, un ladrón de imágenes en movimiento. Fran era la contradicción útil, el amigo interminable, cruel agradecido, inútil transgresor, torpe amante platónico y absurdo realista… Fran era poeta y amigo sin fin, o eso pensaba yo.
Rendimos culto a Baco, nuestro Dios favorito o el único en el que fuimos capaces de fijar nuestra razón, con el límite de nuestra pobreza, unas muchas veces, tan demasiadas que casi fue vicio… Borrachos mirábamos mejor la vida y nos la contábamos. El vino compartido nos enseñó a soltar el verbo a favor del viento. Algunas veces, sobre alguna servilleta, guardábamos episodios de nuestro somero viaje al manantial de la sinceridad.
Pensé que nuestra tortuosa amistad iba a ser para siempre. Pensé que si nos habían visto juntos de paseo por el infierno, intentando recolectar algo de belleza inventada, nada podía separarnos.
Una tarde, perdida en los primeros días del otoño de un año cualquiera hace ya demasiado tiempo, dejamos de ser amigos. Fran mi amigo, Fran el poeta de carne enferma y cuerpo frágil, hemofílico descuidado y perverso en sus ausencias, hubo de morir y lo hizo con tanta prisa que para cuando la noticia llegó a mis sentidos , solo dos días nos separaban de nuestra gran última borrachera de imágenes inventadas…
José A. Fernández Díaz.