Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un libro no es necesariamente una historia, no una sola; puede que en sus entrañas se alojen los ruidosos compases de una gran historia y al tiempo los simples murmullos de otras que se deslizan entre lín
eas.
Aquella mañana la luz triste de un crudo día de invierno, alcanzaba parte de la habitación donde acontecían los sueños que lo poseían y buena parte de las lecturas que poblaban el mundo que había construido para huir del que aún no era capaz de entender. Sobre la mesita de noche una generosa cantidad de libros ilustraban una pasión. Uno de aquellos numerosos y silenciosos habitantes que se apilaban sobre su mesilla entretenía las primeras horas de luz de aquel día cualquiera.
Aquel volumen, aquella historia perturbaba sobremanera su pensamiento. Había caído en la cuenta de que el autor apenas prestaba atención a las peculiaridades y vicisitudes de la vida de uno de los muchos personajes que, curiosamente, encontró imprescindibles para que todo aquello tuviera razón de ser. Apenas podía contener la rabia cuando un capítulo tras otro la búsqueda resultaba infructuosa, y concluía pensando que aquella historia necesaria estaba sin escribir única y exclusivamente porque el autor no conocía a sus personajes. Decidió no perder mas tiempo intentando seguir a ese otro personaje recurrente, ese sufrido pilar desechado… Cerró el libro y buscó el sueño, invitando a ese personaje abandonado a que le contara esa otra historia…
Despertó cuando la esfera del reloj estaba partida en dos por las agujas que anunciaban las doce y media. Despertó satisfecho y conmovido con la historia que había soñado para salvar la cruel injusticia que el autor había cometido con aquel adorable personaje.
Miro de reojo el libro que algunas horas antes había cerrado y pensó: “ya se mas que tu de ese personaje que creías haber creado… y he de decirte que has dejado escapar una historia interesante, muy interesante…”
Tras una agradable comida decidió sumergirse en una historia nueva. Acudió a su biblioteca y buscó hasta que encontró algo que, a juzgar por el título, tenía cierta semejanza con el color de su estado de ánimo… Abrió la primera página y se dejó llevar por la peripecia de una vida llena de personajes que rápidamente entraban y salían sin apenas dar portazos… Aquello comenzó a ser molesto. Quería saber más, no dejar escapar aquellas otras historias con tanta facilidad y sencillez… Algo iba mal. No podía, no era capaz de centrarse en la historia principal pues cada vez que un personaje aparecía y desaparecía no hacía mas que acusar su ausencia… A medida que pasaban las páginas decrecía el interés por la historia central de la obra… Pensó que podía encontrarse, como hiciera antes, con las historias de aquellos personajes abandonados, en un rincón, por el autor. Volvió sobre los nombres, que esta vez eran muchos, y decidió dormir y soñar…
Consciente de que esta vez iba a necesitar muchas horas de sueño, acudió a su botiquín y se atiborró de pastillas, tantas que garantizaran con seguridad un sueño tan largo como pudieran ser las vidas de todos esos personajes recién descubiertos…
José A. Fernández Díaz.