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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Estación Esperanza

                (Banda sonora: “próxima estación esperanza” de Manu Chao)

Esperanza.jpg 

                Hacíamos la guerra porque nos daba miedo el amor  y a veces el amor,  porque  el ruido de la soledad tenía la presencia fría de la amistad perdida a golpe de desilusiones.

                Del tiempo dedicado a nosotros mismos arrancábamos minutos para confeccionar alguna que otra hora destinada  a la lucha en las calles y a la siesta,  tras el calambrazo placentero del sexo casual.

                Escribíamos sobre papeles encontrados entre ruinas e inventos destartalados, con la tinta roja de las desilusiones y la esperanza perdida como medio y sin límite.

                Soñábamos espacios parecidos al mundo de las ideas para conciliar un sueño poblado por pesadillas circulares y patéticas sonrisas lanzadas a los ojos de la desgracia, la miseria y el dolor.

                De las tardes consumidas entre ausencias y deseos, soñábamos horas para construir mañanas  colmadas de voz y literatura, de pancartas con destino conocido, pero tan sordo como ciego a fuerza de ocuparse tan solo de su propio ombligo.

                Éramos un ejército de locos, poetas y soñadores, capaces de seguir amando en medio de la miseria del cada día, pero incapaces de dar un paso atrás  y convertirlo en esperanza para el Opresor.

                Bebíamos todos del mismo vaso y comíamos del mismo plato, también leíamos de los mismos libros y respirábamos  el mismo aire  putrefacto y mortal del poder político corrupto y erigido como su propio monumento. Vomitábamos la misma rabia y nos dolía la impotencia,  pero soñábamos con recuperar la libertad no solo como palabra.

                Hacíamos la guerra porque nos daba miedo el amor… y todo porque  algunas veces el amor  tenía el sabor de injusto privilegio.

                Éramos lucha y perseverancia, reflexión y  coherencia… éramos ideas y valor para luchar por ellas, también dolor y decepción algunas veces… y sangre injustamente arrancada a fuerza de violenta represión y exceso de fuerza  en la mano de quien la tiene toda.

                Éramos la esperanza…éramos juventud con ideas e ideales. Son la esperanza, son la juventud que aún grita en las calles y exige un mundo mejor.

                José A. Fernández Díaz

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