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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Elaboración de una pizza 100% casera.

pizza.JPGIngredientes:

Un sábado noche.

Una casa

Un padre negado (o era abnegado???)

Dos hijos: una niña de 7años y un niño de 2

Un perro (opcional).

Una madre ausente (trabajando)

Un horno ordinario (o culto)

Una  pizza congelada

Elaboración:

Leer las instrucciones que suelen esconderse tras la capa de hielo que conserva la Pizza…  Precalentar el horno e interactuar con el perro, los niños y la pizza congelada…  Engañar la inquietud natural de los niños explicando que la cosa va bien y rogar a todo el catálogo de dioses del universo que la luz amarilla de la temperatura se apague pronto,  para poder introducir  la pizza.

Es el momento adecuado para utilizar el perro (siempre que se disponga de uno)… El perro;  cualquier perro, es el único enemigo no confeso del hombre incauto… da mucho juego, siempre  que no esté esperando por su porción de pizza (no descartar tal posibilidad).  Cuando por fin se apague la luz amarilla del horno, se supone que se ha alcanzado la temperatura adecuada o en su defecto  la que se ha seleccionado (la correcta suele aparecer reflejada en las escuetas instrucciones que a estas alturas reposan en el cubo de la basura)… Recuperadas las instrucciones se contrastará la temperatura y si es la correcta (poco probable), se procede a introducir la  pizza. Si no lo es, toca seguir interactuando con los habitantes de la casa. La imaginación ha de compensar la falta de atención… algunas cosas no son gratuitas… En algún momento sujeto a las variables espacio – tiempo, la luz amarilla se apagará (también puede fundirse… algunas incluso terminan muy hechas)… 

No tema los niños y el perro no se han estropeado. La reacción de euforia ante la pizza dentro del horno es normal, también la mirada lujuriosa y los saltos de alegría. La tensión sucederá a la euforia. Resulta ciertamente patético: padre, hijos y perro observando a través de una pequeña ventanita iluminada  como aquel poco apetecible objeto inexplicable de deseo,  se convierte en una jugosa pizza de verdad. Es como una aparición… el resto de la humanidad no lo sabrá o no podrá crerlo.

Es complicado acertar  con el momento justo en que se ha de apagar el horno. Es importante retirar la pizza tras apagar el horno pues este seguirá caliente durante algún tiempo, aún apagado, y la pizza se quema menos si está fuera.  Antes de consumir  verificar la dotación del botiquín de casa…

José Angel Fernández Díaz.

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