Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Estaba enamorado y eso se notaba hasta en la manera de comprar el periódico. La vida de repente estaba llena de antojos y giros hacia la felicidad. Es como si el desasosiego, la tristeza, las preocupaciones, los males en general ya no fueran posibles.
Es cierto que habían pasado tan solo seis días desde que conoció a aquella mujer y que además desde entonces no había dejado de llover, es cierto, tan cierto como que cada mañana desde entonces besaba a su perro en el hocico todas las mañanas y saludaba a sus peces uno a uno; también que contaba cada una de las horas que le separaban de ella desde entonces y miraba el reloj invadido por una mezcla de deseo y locura contenida… Odiaba cada uno de esos sesenta minutos, pero también los amaba cuando se iban quedando en el pasado.
Estaba enamorado, llovía torrencialmente y el sol habitaba tan solo en la memoria de los que no estaban enamorados y de algunos otros … y es que para estar enamorado en la esquina verde el corazón ha de ir con impermeable o paraguas de colores…
Había intentado conocer su nombre, atrapar una manera de pensarla más cerca… pero las circunstancias solo estaban llenas de imágenes; ella paseando bajo la lluvia, sentada en el banco de la plaza, donde en primavera el sol dibujaba alegría a raudales… comprando en el mercadillo… siempre sin paraguas y siempre bajo la lluvia… la lluvia.
Lo mejor, aquella primera vez, no muy lejana ciertamente, en la playa; ella al fondo entre los acantilados y el mar gris plomizo, reflejo fiel del cielo tormentoso… la lluvia y las olas constantes y furiosas… la arena, casi intacta y él solo, intentando capturar ese instante mágico que habita en las fotografías, para alimentar a la memoria frágil muy a la medida del paso de los años… el paraguas destartalado por la fuerza del viento y la lluvia… y las gafas inútiles colgando en la punta de la nariz. Hubo fotos bajo la lluvia, fotos de aquella mujer graciosa e inolvidable y un paisaje ocupado por la voz furiosa de la naturaleza. Hubo fotos pero el ansia de perseguir lo tangible se llevó la ilusión de mirar instantes atrapados .Las imágenes del pasado mejor para más tarde.
Llovía y cuanto más llovía, mas veces se encontraban en cualquier rincón de la pequeña ciudad. El la miraba de lejos, miraba como jugaba con el agua de las fuentes, el reflejo mágico de los charcos, el verdín vivo de la cara norte de los árboles…
Un día, mientras ella bebía el agua fresca posada en la hoja de un limonero, el decidió cargarse de valor y preguntar desde lejos cual era su nombre… ella apartó el pelo mojado que le cubría los ojos y lo miró fijamente, tanto que el temió haber roto el encanto para siempre…Lluvia, me llamo Lluvia – contestó-.
Aquella tarde la vio desparecer entre los árboles del parque y tras ella nació el juego multicolor de un arcoíris hermoso. Entonces dejó de llover y aconteció la noche.
La mañana nueva, llena de luz y alegría lo sorprendió soñando en voz alta… Lluvia, Lluvia.
Aquel día la buscó por toda la ciudad y también en la playa; pero Lluvia estaba tan solo en su memoria. Pasaron tal vez tres días ciertamente hermosos, de inmensos cielos azules pero ella no estaba en ninguna parte. Desolado la buscó en aquellas fotos que había tomado aquel primer día. Temblaban sus manos mientras las buscaba para verlas por primera vez. Cuando las encontró se percató de que tenía una breve colección de fotos con paisajes despoblados… Lluvia tampoco estaba allí…
José A. Fernández Díaz