Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Desamar lo amado hasta rozar la soledad absoluta.
Tener una agenda para apuntar las cosas que he olvidado hacer.
Lanzarme al vacio una tarde de domingo invadida por el furor futbolero.
Hacer del vacío una religión obligatoria y trascendental.
Conseguir que el dinero sea cuadrado, caliente y afilado (sangre, sudor y lágrimas)
Hacer del amor un juego de sobremesa.
Amar a dos o más por encima de todas las cosas, menos la que tienen punta o están afiladas.
Hacer que las corridas de toros sean eso (porno animal) y no la masacre brutal y absurda que llaman fiesta nacional.
Hacer de la religión un vacio obligatorio y trascendental.
Juzgar al fútbol solo o acompañado.
Aprender a conducir en dirección contraria por las autopistas de la corrupción.
Sustituir el nombre de la clase política por el de “esos”.
Hacer el amor el tonto siempre que el cuerpo me mande señales.
Exigir que si Baltasar es un blanco pintado de negro Melchor y Gaspar sean dos negros pintados de blanco.
Cambiar la navidad para el verano y el verano para la navidad, este último con el buen tiempo incluido.
Exigir, aunque tenga que enseñar las tetas, que los bancos sean considerados patrimonio de unos pocos para desgracia de todos los demás.
Solicitar que la vaselina y otros lubricantes sean considerados un bien universal y necesario, con base en la furiosa aspereza de los gobiernos.
Reconocer la condición de lengua muerta que tiene actualmente la poesía y hacer que sus asesinos sean condenados a memorizar las 50 sombras de Grey.
Aproximar la cultura al pueblo alejando así a políticos, politiqueros, pobladores de programas de televisión, telenovelas, revistas del corazón… y recluirlos en algún polígono con grandes medidas de seguridad.
Y más cosas inconfesables.
José A. Fernández Díaz