Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Decidió dejar de querer, solo eso; dejar de querer que no es odiar… solo es no querer cuando se ha querido.
La razón… el motivo de esta decisión algo repentina y también algo descarnada tenía sus raíces en el calor de las imágenes que, enmarcadas entre los bordes de una ventana, llegaban en tantas ocasiones como noches dedicaba al amor, al amor suyo, herido de muerte y presto a desaparecer para perseguir un sueño o un espejismo. Mientras ella amaba, al otro lado de su ventana, en un edificio situado justo enfrente, otra pareja disfrutaba con pasión desbocada de aquello que para ella se había convertido de repente en un sueño fugaz.
Había perdido y es importante que los demás lo sepan, la capacidad para encontrarse objetivamente en la superficie fría de los espejos. Se había extraviado como reflejo, como imagen rebotada desde la realidad próxima o inmediata. No era capaz de entenderse en la superficie quieta de las aguas como tampoco se reconocía en los aceros que a modo de espejos poblaban algunos rincones de la ciudad. Miraba a quien había aprendido a amar y se buscaba en el centro de sus ojos para concluir que definitivamente aquello ya no era lo que había sido… ella ya no estaba allí.
Aquella pareja de la ventana disfrutaba tanto del amor, tanto de la piel confundida e imprecisa, de los calores compartidos o de los latidos furiosos y de las caricias someras y también profundas… eran tan hermosos rompiéndose en pequeños trocitos tras la gran explosión, tanto que ella encontraba absurdo continuar con su pequeña y fugaz manera de atrapar sensaciones ajenas al discurrir simple y conciso de la realidad efímera y tangible, fruto del l latido continuado y monótono de las horas.
Miraba con envidia a aquella pareja que amaba cuando ella amaba y era envidia furiosa porque se amaban bien. Hubiera jurado que también ella la miraba mientras era poseída, desde el otro lado. Observaba y se sentía observada por aquella mujer a la que no faltaba nada. Era hermosa y su amante también, eran felices y aquella habitación se convertía en un desordenado y grato campo de batalla, donde vencían ambos una y otra vez a medida que en la de ella se había declarado la paz…justo aquel día en que los descubrió por primera vez.
Decidió dejar de querer porque ya no se sentía querida, porque el amor verdadero era como aquel que veía desde el interior de su ventana de cristal inmenso y transparente, como si entre el dentro y el fuera no hubiera otra cosa que una idea y nada mas.
Aquella noche, justo antes del amor, se ocupó de explicar lo inexplicable para que ninguno de los dos perdiera el tiempo en lo que no iba a ser. El, incapaz de concebir otra dedicación mayor, otro amor tan grande, se derrumbó y abandonó vencido, aquel piso donde habían sido piel compartida. Ella, sola al fin, con toda la esperanza por delante buscó a los amantes ejemplares al otro lado de su ventana, en aquel edificio de enfrente… Aquella noche no hubo amor para ella que lo despreció y parece que tampoco para sus vecinos ejemplares…
Al amanecer volvió a buscar a través de la ventana. El sol comenzaba a dibujar sombras largas y vivaces, sobre la ciudad aún dormida. Algún que otro rayo impactaba con los cristales. Llamó su atención por primera vez el espejo inmenso que, ventana con ventana, tenía frente a su edificio y que reflejaba a conciencia cuanto sucedía en la colmena donde ella habitaba. Saludó, por fin después de mucho tiempo, su imagen encontrada en la ventana donde había habitado aquel amor ejemplar que ella miraba sin saber ver.
José A. Fernández Díaz.