Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
(Foto de un texto que ilustraba una pared en una calle de Braga, Portugal: "Si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir")
Me gustan las calles…
Calles hechas de sueños inconclusos, breves pesadillas, estruendosas mentiras y tímidas verdades, piedra sobre piedra.
Calles hechas de llantos de colores y también en blanco y negro, de risas para compartir y otras para ser susurradas, de lluvias y calores, torrenciales siempre.
Calles hechas de llegadas y partidas, de idas y venidas, de historias olvidadas y por olvidar, de aventuras para ser y otras que han sido, de nombres olvidados y también para olvidar, como las olas.
Calles hechas de gritos pacíficos y silencios encendidos, de miradas huidizas y labios encontradizos, de pisadas rabiosas y pasos atormentados, de voces apuradas y pensamientos detenidos, como la historia inventada.
Calles hechas de vidas que se encuentran y agonías que no se saben ver entre las farolas, de perros que presumen de dueño y dueños que pasean su orgullo, de adoquines cantarines y papeleras colmadas de vergüenzas, como la luna nueva.
Calles hechas de farolas tristes y sombras que colman la imaginación, de traviesos niños jugando a policías y ladrones y ladrones jugando a ser políticos honestos, de nubes lejanas y soles ajenos, como las falsas primaveras.
Calles hechas por hombres con historias inútiles y miserables inventores de laberintos urbanos, de lectores compulsivos de publicidad engañosa y meretrices cultas, de novios que se besan y novias que miran sus besos perderse en otros labios, como en un teatro cualquiera.
Calles hechas de ruidos que recuerdan músicas y músicas que hacen olvidar ruidos, de contadores de historias tan mágicas como fugaces y prestidigitadores de vacaciones, de sonámbulos acampados entre edificios y villanos ocupados en contar metro a metro el camino de regreso, como en las mejores familias.
Calles para ser contadas, dibujadas, corridas y recorridas, amadas y odiadas, utilizadas, olvidadas y recordadas, amadas, dibujadas, ocupadas, tomadas, bautizadas y excomulgadas, decoradas, fotografiadas, mojadas, ocupadas, si, otra vez, ocupadas por la razón y el valor, por el ruido y las voces que claman, que exigen… Calles que saben a pueblo con la palabra en alto como si fuera una bandera.
José A. Fernández Díaz