Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Recuerdo que un día comencé a buscarme. Intenté reconocerme entre mis cosas con un poco a poco suave y pausado. Abrí algunos libros y me descubrí en mas de una, en muchas frases subrayadas y en los títulos extraños al tacto y ajenos al gusto pero dueños del olfato. Luego detallé en las especias que ocupaban una estantería en la cocina y que terminaron por definirme como un legítimo pescador de esencias en la superficie de los materiales comestibles. Me gustaban los olores de las cosas imposibles, eso era indudable y reconocible entre los puntos y comas con los que se detenían los párrafos donde hombres y mujeres avezados, explicaban la mejor manera de llegar a la indigestión a golpe de placeres confesables…
Cuando me adentré en el interior del armario apenas pude reprimir un golpe de nostalgia entre ceja y ceja. Aparecieron ante mis ojos anegados en lágrimas, las dos primeras frases que había escondido una noche de San Juan al fondo del escenario donde se ocultaba mi ropa… Fui incapaz de descifrar el laberinto en el que se ocultaban una a una las de las palabras despiezadas y decodificadas. Algo se había perdido por el camino de regreso.
Hui del armario en busca de otras huellas. Caí en la cuenta de que alguna vez había tenido la desfachatez de escribir un diario. Allí contaba todas las mentiras que no cabían en la realidad y alguna que otra verdad para despistar. A estas alturas no se bien cuales son unas y cuales otras. La vida me fue ayudando a convertir en realidad los sueños y en mentiras las amargas vivencias. La felicidad tiene algo de eso.
Junto a mi diario encontré una caja repleta de tesoros. Un control de volumen que robé del amplificador de un amigo al que no le gustaba escuchar la música alta. También unas viejas gafas para cantar y ver de noche el color de los gatos. No faltaban cartas de desamor y facturas de lugares donde terminé comiendo solo.
Pasaban las horas y crecían las dudas y se hacían mas pequeñas las ansias. Tampoco es importante terminar por encontrarme entre las horas de un solo día. Llevo demasiados años acumulando errores y aciertos como para pretender que de este caos concentrado en el que me dejo vivir, pueda arrancar retazos que terminen por definirme… Mas bien terminaré por desdibujarme en una inútil explicación de lo que forma parte del suelo del camino por donde he decidido dejar de ser, para seguir siendo algo mejor cada vez.
José A. Fernández Díaz