Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un día
cualquiera encontraron que la voz quieta de la palabra escrita unió aquellos pensamientos suyos… Decidieron conocerse y con la palabra por delante se lanzaron a la aventura de explicar con letras y signos el lenguaje de los sentimientos. Aquello no resultó fácil, muchas veces era preciso explicar lo explicado, reescribir lo escrito y desdibujar para volver a dibujar. La imaginación llevaba la velocidad de la luz y la palabra se limitaba a crear incertidumbre. Podía haber sido un juego de niños mayores o una peripecia entrañable de adultos no resignados a perder la inocencia, pero al final fue un poco de cada cosa. Que maravilla volver cuantas veces uno lo desea sobre lo dicho, lo escrito. Lo que está escrito parece inamovible, es como si no tuviera vuelta atrás, y sin embargo mas de una vez, cien veces en realidad, aquella voz recogida sobre el papel demostró tener vida propia y capacidad para darse la vuelta…
Sobre el papel aprendieron a conocerse aun cuando los signos que tendrían que nacer de su mano eran caracteres de imprenta, impersonales, anónimos; aprendieron a querer lo que las palabras iban construyendo, a amar la gruesa ausencia de la palabra susurrada al oído y el efímero dibujo de la mirada al aire… un día cualquiera, también, encontraron que entre ellos el silencio se fue haciendo cada vez mas grande, tanto que llegó a ocupar el espacio reservado a la esperanza. Un día cualquiera se perdieron en los límites de la red, con la voz de aquellas palabras que los unieron, el lenguaje de los sentimientos como paleta… se perdieron en el limbo de la correspondencia electrónica… Un días cualquiera se hizo el silencio.
J. Angel Fernández Díaz.