Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Aprendí a desarmar el amor construido y lo aprendí a fuerza de coleccionar desilusiones, besos ausentes, caricias imaginadas… Un día cualquiera, a rebosar de sol y desazón entendí que en realidad no me quería tanto o más como yo la quería… Éramos un mismo sentimiento en dirección opuesta; yo quería llegar… ella quería irse y se fue… un día, aquel día, se fue.
El primer amor, los primeros amores, están hechos de un material especial a prueba de olvido y también de reflexión; son indestructibles, incomparables… imposibles.
No sé como, pero supe enamorarme una vez y algunas mas sin ser capaz de explicar como es posible volver a herir el corazón que nos sostiene, siempre igual que la primera vez… Acaso amor y memoria no son compatibles…
Un día amé por primera vez con locura, con violencia, sin control… dejando de ser yo mismo para ser otro yo descarnado y ausente al resto del mundo…Pero ella no quería un loco ausente, ella no me quería a mí, torpe escritor de furiosos sentimientos descritos a golpe de horas coloreadas por la esperanza sobre un fondo en blanco y negro…
Me perdí en el tiempo, abandoné rutinas y pasiones, cambié mis lecturas por sueños dibujados en el techo de mi habitación, me aferré a un primer y quizá único “te quiero”, con placer y delirio…de repente no me hicieron falta amigos ni cielos despejados; tampoco noches estrelladas o amaneceres inolvidables…alimenté mi espíritu enamorado con aquel “te quiero”, que se calló de sus labios, una tarde cualquiera de ese verano eterno que aprendí en Caracas y que nos sorprendió en un aula para dos, solo para dos; ella hermosa y frágil, vestida de amarillo y blanco y yo cegado por su luz…
Una mañana, en clase, se hizo con el libro que yo leía entonces, y escribió en la primera página una palabra simple y aparentemente inocua: “Arepa” … Se trataba de otro “te quiero”, para mirar cuantas veces quisiera… tal vez un último gesto para recordarla… no sé, me gusta tomar ese libro entre mis manos y volver algunas veces, volver muchas veces a encontrarme con las huellas de aquel primer amor…
Cuando desperté, ella se había ido y el resto de la vida seguía allí, tal cual yo la había dejado…
José A. Fernández Díaz