Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Entonces apenas era capaz de interpretarme a mí mismo y poco después, enamorado hasta el límite de las fuerzas que creía tener, reconocí cierta capacidad para entender que, tal vez, algunas cosas merecieran una reflexión con serias consecuencias.
Antonieta, Tony, apareció en mi vida cuando las dudas sobre lo que me había llevado con cierta comodidad a los diecisiete o dieciocho años, comenzaban a complicarme la vida. Leía como un loco cuanto caía en mis manos y, naturalmente, unas cosas, las nuevas, se fueron haciendo fuertes a medida que se desmoronaban poco a poco las viejas. Estaba enamorado, rabiosamente confundido y aunque acompañado, solo, conmigo mismo, hasta la desesperación. La idea de dios, que había sido un referente, una base sustancial, se difuminaba a una velocidad directamente proporcional a la que crecía mi preocupación por cual iba a ser el impacto de mi ateísmo en la familia y en la relación que tenía con mi colegio católico y dirigido por Hermanos Lasallistas. Era algo, que igual que aquel súbito amor loco y desaforado, crecía sin parar, a la par que las ideas que mantengo hoy, más sólidas que nunca. Mucho para tan poco y tan de repente que apenas si tenía fuerzas para soñar con aquella sifrina (pija), con corrector dental, vaqueros ajustados, zapatillas de loneta y frases preparadas para encender mis ilusiones.
Enamorado, como el tonto que era, mi alucinación no pasaba inadvertida y parece que aún menos el choque frontal, anunciado, entre mis ilusiones y la más cruel realidad, a juzgar por el número de veces que el Hermano Félix intentó ayudarme. Mal momento para intentar salvarme del naufragio. En plena crisis de fe con destino al ateísmo y esa cosita loca que llaman amor acelerándome el corazón, era un rebelde confundido pero feliz.
Recuerdo que en una ocasión, cuando ya habían nacido los desaires, mi querido Hermano Félix, decidió intentarlo otra vez. Aquel día fue claro y rotundo: “no es para usted, poco tienen en común… no se confunda, porque de esa confusión solo va a cosechar sufrimiento…” Entonces pensé que aquel hombre no tenía la menor idea y sin embargo pasó muy poco tiempo hasta que, enfermo de despecho y desilusión, deprimido hasta querer desaparecer, me percaté de que ciertamente poco o nada nos unía. Aquel no iba a ser mi último fracaso ni mucho menos el peor; la vida me enseñó que algunas cosas si se ponen unas al lado de las otras resultan ir de mal a peor… hasta que un día, de repente, todo cambia y se invierten los términos o no.
Una mañana, cuando ya había tocado fondo, desperté abrazado a un libro “tu bella testarudez” que me había comprado por un bolívar, al pie de la calle, en una vieja librería próxima al colegio. Aquel libro que leí más de una vez a lo largo de los años, me ayudó a encontrar respuestas. Conseguí romper el amor unidireccional que me hería y encontrar una manera de explicar a mis padres las serías dificultades que tenía para seguir creyendo en algo intangible.
La última vez que la vi lloraba, pero no por mí, lloraba acurrucada en la semioscuridad de la entrada del colegio, porque había suspendido el examen final de matemáticas… Entré, me recibieron algunos amigos sonrientes; miré mis notas para descubrir que no me mentían, que había aprobado y volví a casa triste porque me hubiera gustado abrazarla y consolar aquel llanto, como alguna otra vez, pero alegre porque había conseguido liberarme de un error.
Los años me han traído a cierta paz y seguridad en la colina de los 47. Hace bien poco he vuelto a hablar con el Hermano Félix, Ahora vive en Bilbao y yo, aquel loco que aún recuerda, en Ferrol. Le he contado que soy ateo, que no creo en nada desde hace muchos años, tantos que solo estas historias me dan una clave de cuanto tiempo ha pasado. Soy ateo, si Hermano, pero respetuoso y tolerante con aquellos que creen. Sé que en la iglesia, de la que algún día forme parte, existe gente buena y generosa, coherente y bondadosa. Cada día entiendo menos eso de la fe, pero en todo caso es algo que no me impide reconocer que de mis conversaciones actuales con mi viejo profesor, con el Hermano Félix, consigo encontrar un lugar común para el entendimiento. Nos hemos hecho viejos y las heridas han curtido la piel de nuestros sentidos y el fondo de la memoria. Entonces me enamoré, perdí la fe, me desenamoré y ahora, enamorado, sin fe y demasiado mayor para sentir vergüenza, no me cuesta nada agradecer la paciencia de mi viejo profesor…
José A. Fernández Díaz