Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Definitivamente quería olvidarla, tenía que olvidarla, y olvidarla no solo era no recordarla sino borrar todo cuanto me la recordara, todo rincón ocupado o huella, por sutil que resultara…
Ardua labor… Comencé por recoger sus cosas mas personales y también íntimas. Busqué bolsas y maletas y comencé a vaciar cajones ocupados por su ropa interior, camisetas, cintas para el pelo… yo temblaba cada vez que me encontraba con prendas que dibujaban en mi memoria los contornos de ese cuerpo que tanto había amado… Demasiadas cosas, tantos recuerdos, la memoria golpeándome sin parar y la nostalgia que se multiplicaba a una velocidad inversamente proporcional a mi cansancio…
Ropa, adornos, su cepillo para el pelo, para los dientes… pintura para las uñas… su perfume por todas partes…
En el lugar que dedicaba a su trabajo me di de frente con algunas fotos en las que estábamos juntos … son todas tuyas… yo no quiero recordarte de ninguna manera. Comencé a recogerlo todo y a colocarlo cuidadosamente en un caja que consideré con capacidad suficiente… me equivoqué, igual que con las maletas y las bolsas. Apenas había llegado a guardar unas pocas cosas y ya no tenía lugar para mas… Ella, casi toda ella seguía allí.
Sábanas y mantas… construí grandes bolsas atando las puntas de las sábanas y luego de las mantas, también las fundas de las almohadas… Lo fui colocando todo en el salón, muy cerca de la puerta de salida… Ya casi no quedaba espacio para andar, así que decidí comenzar a apilar unas cosas sobre otras… Cada vez que volvía a una habitación cualquiera de la casa me percataba inmediatamente de que ella seguía allí, por todas partes, muy a pesar de la montaña que ocupaba el salón… y su perfume era cada vez mas grande…
Yo quería olvidarla, desterrarla de mi vida… pero ya estaba un poco cansado. Pensé, al principio, que aquello iba a resultar mas sencillo, mas fácil…
Buscando sus cosas en cada una de las habitaciones, me encontraba con las mías y pronto fui consciente de cuanto me había equivocado.
Fui a la nevera, saqué una cerveza y me la tomé sin apenas respirar… metí la botella vacía en el lugar que antes ocupaba, cerré la puerta y comencé a poner en marcha un plan nuevo. En el baño, tomé mi maquinilla de afeitar, el cepillo para los dientes, mi colonia… en la habitación, donde habíamos conquistado algunas cimas, junté tres camisas y dos pantalones, un reloj y cuatro pulseras de cuero… seis libros y dos pares de zapatos… en el salón, a duras penas, encontré mis dos Cds de Neil Young y tres películas de Wang Kar Wai… Lo metí todo en una sábana que amarré sin dificultad… abrí la puerta, tiré las llaves dentro, respiré hondo y me fui. Pensé, mientras el ascensor me llevaba a la salida del edificio, que el plan b funcionaba… pero pronto descubrí que su perfume estaba en la ropa y también la piel que tanto la había amado…
Miré, desde la calle, a la ventana del piso del que había huido y se me antojó pensar que ella, tras el cristal, me decía “hola para siempre”…
José A. Fernández Díaz