Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La
muy coqueta se pinto los labios con mi sabor preferido. Dibujó un corazón al borde del cuello que yo amaba con el perfume que ilustró siempre mis pesadillas. De ese mismo perfume, abandonó dos breves gotas en las muñecas y otra generosa en el canal abierto entre el lugar donde tendría que tener el corazón y aquel otro reservado a los ecos… entre seno y seno , al norte del vientre que yo había decidido perder…
Se colgó los pendientes de amor sin tregua, de pasión salvaje, esos que siempre acompañaron orgullosos el collar a juego; ese que tenía la virtud de atrapar las miradas ajenas y arrancarlas del brillo hiriente, que había siempre en la sonrisa de sus ojos… Aquellas dos trozos de cielo que me robaron la vida latido si, latido no, sin vergüenza ni reparo.
Cubrió la piel recorrida en sueños y pesadillas, primero, con prendas escuetas y sigilosas, que se ocupaban de dibujar con trazos finos el contorno del paraíso… al final, piel sobre piel, se colgó el vestido mas tentador que aguardaba tras las puertas de su armario…
La muy coqueta se miró una vez más al espejo y respiró hondo, orgullosa de aquella imagen tan tentadora…
Solo cuando la descubrí, definitiva, irresistible e inolvidable, fui consciente de que no era para mi. Recordé que aquella otra con la que la infidelidad se había instalado en mi vida, me esperaba a las cinco y cuarto…
La muy coqueta me miró al salir y, tras posar un generoso beso sobre la palma de la mano, sopló suavemente con dirección al imbécil que soy…
José Angel Fernández Díaz.