Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Ejercía de ángel caído en los interiores de un viejo barrio, alojado en las afueras de una vetusta y desposeída ciudad cualquiera. Ahogaba sus fracasos en algún que otro placer, tan a mano que se podía tocar con el filo de cualquier billete de pobre importe. Odiaba la luz de los días en que coincidía la parsimonia del domingo con el canto desbocado de los pájaros de colores.
Había amado… lo había hecho con esa pasión parecida al interés bancario. Había amado despreocupadamente; tanto que el daño infligido por el súbito alcance apenas llegó a rozar la coraza con la que había nacido. No sabía que amar era otra cosa distinta a encontrar placer para darse a si mismo.
Una mañana en que aún dormía la vida del barrio, mató de amor a la única mujer que supo querer. El quería irse… ella quería quedarse. El se fue y ella no. Decidió que no quería volver a saber nada de quien pretendía no dejarlo ir a centro de él mismo. Nunca aprendió a qué saben las ganas de volver a casa.
Lo perdió casi todo, jugando a los dados con la casualidad. Apenas importaba no ganar porque cada vez que perdía, pesaba menos el equipaje de hombre bueno. La razón por la que se dejaba amanecer un día tras otro, estaba desdibujada en las mañanas de tos y pensamientos circulares, de vacio y ausencias .
Estaba solo, con una soledad repleta, atiborrada de cuerpos ajenos, que sólo se quieren a si mismos.
La maldad verdadera existe porque tiene claro contraste con la bondad verdadera. Una cosa explica la otra. ¿Hasta donde llega el bien si no conocemos el límite del mal?. En su furiosa guerra interior ganaba el mal, siempre ganaba el mal y lo hacía con una contundencia terrible e inapelable.
Pero la primera mañana del último día de furia, comenzó a dejar de ser el relato continuado de una caída permanente… La luz de aquellos ojos, llamaban hambre a cada minuto de vida; dolor a las ganas de respirar. Tenía, tal vez, seis o siete puñados de días, que eran años, con ganas de ser olvidados. No tenía otra cosa. Él no tenía nada que hacer en los lugares a donde no sabía si quería llegar.
Entró en un supermercado y salió con un paquete de bollos y leche. No sabia si el hambre tan a la vista, tan hecha de años, se curaba con comida…
Se acercó y se dejó caer a su lado, en la escalera. No hubo palabras. Ella tenía hambres y miedos contenidos… Mientras ella comía, él aprendió a llorar otra vez, a reconocerse entre las personas, como uno más. El monstruo que había sido, se miraba a los ojos, desde el interior de una lucha que tardaba en llegar.
Carolina?... Carolina… perdóname, hija?
José A. Fernández Díaz