Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
El día había amanecido dos o tres horas antes para cuando yo la vi de lejos. Probablemente apenas quince o dieciséis años, bien peinada y vestida casi como una niña, insinuando, apenas, esa mujer que comenzaba a ser.
Estaba sola, sentada en un banco, bajo el cielo gris de una calle peatonal desierta y expectante. Mientras yo miraba, ella tenía la vista fija en el edificio de enfrente, vacio y derruido. Parecía como si estuviera esperando a que algo pasara allí o a que algo pudiera suceder intramuros. Miró a su izquierda y, de una bolsa de supermercado, saco una botella de cerveza de esas que alojan un litro. Sin prisa desenroscó la tapa y se la llevó a los labios. Bebió largamente, como queriendo apagar una sed antigua. Retiró la botella y volvió a enroscar la tapa con una estruendosa parsimonia. Observé que no quedaba más que la mitad… entonces me miró. En su mirada no había nada. No tenía alegría, tampoco tristeza, no preguntaba ni respondía… era, sobretodo, una mirada silenciosa y no sé si triste. Probablemente fuera el cielo, cosa del cielo gris.
Quise sentarme a su lado y preguntar… pude hacerlo, pero me venció la cobardía. No tener respuesta para una pregunta que, imaginé, tenía que estar en algún lugar de su cabeza.
Pasé por delante de aquella mirada y aquel gesto sin destino cierto. Se me antojó imposible imaginar un pasado, un presente… no supe imaginar, no quise imaginar un futuro. Creo que podía haber sido mi hija y sentí dejarla sola con su miedo.
Al doblar la esquina, volví a mirar… Ella sin vergüenza o temor, sacó la botella una vez más; quitó la tapa y bebió sin prisa y sin parar hasta que ya no hubo más… enroscó la tapa, metió la botella en la bolsa y, tras un puñado de segundos, se levantó pacifica, cargada de seguridad y abandonó aquellos restos en el interior de una papelera… luego se fue calle arriba sin mirar a ninguna parte.
La miré perderse o confundirse, en el final de las calles, donde las vidas tienden a convertirse en puntos anónimos.
Llegué a mi despacho herido de culpa y cargué con aquella imagen, hasta que pude hablar, contar, relatar… Quien me escuchó supo reconocerla en mi descripción…
Carolina tenía diecisiete años, era habitual del servicio de urgencias de la pequeña ciudad. Algunas veces llegaba sola y otras acompañada de su madre. El alcohol tenía la culpa de sus culpas. Ella misma nunca supo decir por qué. Bebía porque sentía que la vida en gris, solo valía la pena mirada desde la inconsciencia. Había perdido la vergüenza pero no la inocencia y la frescura. No era feliz… equivocó el camino de camino a ninguna parte, pero nunca se confeso perdida. Miraba al interior de los edificios abandonados, mientras bebía, porque se sentía así: presente, tangible, rota e inútil. Ocupada por dentro, atiborrada de ausencias y nostalgias, con una historia sin ganas de ser contada ni escuchada… y siempre a punto de derrumbarse sobre su pequeña gran historia, para desaparecer sin hacer daño a nadie…
José A. Fernández Díaz