Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Fueron días de palabras rotas, de largos silencios, de atronadoras viejas historias que volvían como si hubieran sido ayer o anteayer.
Dolían los límites colmados, la desconfianza hecha verdad, hería pensar que la mentira alimentaba el cada día, de todos los días de casi ausencia… dolía cada cosa de las que invitaban al recuerdo: un libro, una canción, un perfume… un color, Casablanca, Septiembre, Fresas Salvajes… Pero, a pesar del dolor, él volvió, quiso encontrarse con aquellos días de trampa y espectáculo, de simple puesta en escena. Es posible que ella hubiera dejado de amar porque amaba a otro y también porque ya no era capaz de amar a quien no entendía la vida poblada por su ausencia.
Amaba a otro, y lo amaba bien, con locura e indiscreción; como cuando se hace por primera vez; como cuando se encuentran hasta aprenderse juntos. Amaba a otro como si él no estuviera o hubiera estado. Lo hacía con un amor nuevo, fresco… de estreno; y él, él sentía que el suyo pesaba el doble. El menos o nada de ella era el más o el todo de él.
Se había acabado y apenas tenía ganas de respirar o tiempo para vivirse.
Sucedió algún día de los días cualquiera en que ella traía la felicidad puesta de fuera; de algún otro lugar que no era el que compartían de entre los límites del tiempo y el espacio que los contenía. Era justo, tal vez, pues él se había desdibujado con el peso de los años y el discurrir de la vida, no siempre soñada.
Dolió tanto saberlo, conocer, intentar entender, comprenderlo en la voz de otros y otras… mirarlo sin querer creer que fuera cierto y admitir la derrota de la sinceridad… pues prometieron que si algún día tenía que suceder, si sucedía, harían de la verdad la medida de la despedida. Pero no fue así. Ella aprendió a desamar tan rápido como a amar de nuevo y sin tiempo para recordar o para no olvidar aquella promesa decidió dejarse llevar, no evitar, desarmar …
Un día, antes que el odio ocupara el lugar del amor, se fue. Ordenó en su ausencia las cosas que tenía y las que había perdido, hizo una maleta y otras dos a rebosar de ausencia y nostalgia y se fue, él se fue con las palabras rotas a otra parte.
José A. Fernández Díaz