Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Algunas veces al amanecer, poco antes de las primeras luces, salía a la terraza, con su café entre las manos y esperaba a que los pájaros despertaran súbitamente. Y aquello sucedía con tanta intensidad los primeros días de primavera, que valía la pena madrugar.
De aquel curioso comportamiento le había hablado su padre. “existe un lugar entre el día y la noche, un minuto o dos tal vez, en el que el silencio mas rotundo se descompone con los cantos de los pájaros, que parecen darse los buenos días todos a la vez… ese buenos días dura uno o dos minutos; luego, los cantos se van espaciando hasta que casi vuelve el silencio, mientras llega el día.”
Ella recordaba entre páginas, revivía entre palabras y silencios grandes pequeñeces, que hacen de la vida una manera de sentir… ¿Y el rayo verde?... cuantas puestas de sol se llevó al alma esperando a que en el horizonte apareciera el rayo verde; justo antes de que aquel maravilloso espectáculo fuera memoria.
Le gustaba recordar, porque llegado a un lugar de la vida importa el peso del equipaje y el valor de lo que guarda en el interior. Si no eres capaz de arrancarle algún suspiro al tiempo pasado, puede que no hubieras vivido bien, puede que solo te dejaras llevar sin apenas sentir o sin sentir … nada más.
De su primera noche de amor recordaba muchas cosas, pero, que curioso; la mejor, la ciudad despertando a la luz y al ruido; los olores haciéndose con la atmósfera pacífica de la noche… el pan recién horneado, los niños perfumados de camino al colegio…grandes pequeñeces.
De piezas sueltas tenemos hecha el alma de los sueños; de mecanismos rotos las pesadillas y de noches sin dormir, la esperanza.
Algunas veces, al amanecer, poco antes de las primeras luces, salía a la terraza, con su café entre las manos y esperaba a que los pájaros despertaran súbitamente … pasada una o dos horas, salía a la vida a recolectar piezas sueltas para hacer su equipaje…
José A. Fernández Díaz.