Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Cuando se encontraron el uno necesitaba escapar de si mismo y el otro huir hacia alguien.
La ciudad infectada y enferma, incapaz de contenerse, rezumaba iras y decepciones y apenas quedaban calles para la esperanza. El apocalipsis en el génesis y poco mas que contar. La evolución fruto de una tecnología por encima del hombre, había hecho del bípedo implume un relleno consumible y consumido, confundido entre máquinas replicantes hasta no saber si conservaban algo de humano u otra cosa.
Sin ser conscientes del origen, aún siendo los únicos culpables, lo habían perdido todo a cambio de un trueque infame y que comenzó, que curioso, con algo tan simple como un teléfono para llevar a todas partes… Con el tiempo aquel artilugio se hizo tan pequeño que resultaba difícil creer que hubiera una relación tan fiel entre su tamaño y la inmensidad del poder que iba conquistando. Anuló, primero la voz y luego simplificó la palabra hasta revertirlo todo a un tiempo en que hombres y animales competían en igualdad de condiciones.
Perdida la palabra, comenzaron a extinguirse los sentimientos, las ideas, las razones y los motivos… La naturaleza de lo simple, lo básico y elemental, vital, tal vez, hizo del nuevo hombre un viejo homo inútil , recolector de los restos de su propio naufragio envolvente.
Perdida la esperanza, extinta la utopía, la ciudad infectada se dejaba morir entre las ruinas de los verbos muertos y las palabras olvidadas. Perdida la condición de humanos razonables, competían para sobrevivir y lo hacían hasta mirar a la muerte cara a cara, pues al fin, apenas importaba que aquello sucediera en cuestión de meses, días, horas o segundos …
Llevaban insertado en algún lugar de su piel un ínfimo mecanismo de comunicación a través de símbolos que lo explicaban todo sin decir nada. Había un símbolo para el hambre, otro para la sed… ninguno para el amor o la amistad… un par de ellos para la muerte que podía ser natural o inducida por el odio o el cansancio…
Algunos hombres no aprendieron a olvidar las palabras y el mundo de las ideas. No se resignaron al silencio hasta que fueron tomados por locos, anacrónicos reaccionarios. Al final el cansancio se hizo resignación y la resignación silencio pero no ausencia.
Cuando se encontraron el uno necesitaba escapar de si mismo, salir para escucharse y el otro huir hacia alguien con algunas palabras para compartir…
Cuando se encontraron no hicieron otra cosa que mirarse a los ojos anegados y gritar entre las montañas de ruinas, gritar un desesperado “¡AUXILIO!”, susurrado al oído del universo.
José A. Fernández Díaz