Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Cuando despertaron aún tenían tiempo para volver a soñar.
Dejaron de quererse primero entre ella y el y luego a si mismos. Comenzaron a amar la imagen que aquellos otros habían convertido en deseo y allí se fueron, guiados por el mapa sin sentido de la realidad consentida.
En algún lugar de la mas íntima de sus inquietudes los mecanismos chirriaban, pero el ruido exterior era tal que apenas eran capaces de escucharse. Y no se escuchaban porque el inexplicable placer de la sumisión lo consumía todo.
El, que había perdido la capacidad para mirarla y verla al mismo tiempo, contentaba su pérdida de sentido con el placer de oir a los otros hablar de lo terriblemente buena que estaba su mujer. Ella igualmente deslumbrada por la mas absurda de las contemporaneidades, miraba a su marido con los ojos de los otros porque los suyos, sin tiempo mas que para ella o la superficie de ella misma, estaban realmente ciegos.
Miraban y adoraban aquello a lo que iban matando al tiempo que enceguecían ante el espejo de la realidad.
Llegó un día en que, sin querer, se encontraron ella y el, frente a frente con el pasado que pretendían olvidar, alojado en una colección de fotos y cajas de madera, donde ella había ido guardando uno a uno, los restos de una vida colmada por la magia de muchos momentos.
Recordaron en silencio, cada uno para si mismo, el significado de todo aquello. Ella se percató de que el gimnasio, la dieta rotunda, los compromisos sociales, los modelitos… no dejaban tiempo ni espacio para vivir y que él, estando, ya no estaba.
El, antes imaginativo y maravillosamente loco, ahora era un juguete de las modas, aburrido y vacio. Ella, antes una soñadora feliz, se había roto desde dentro, para ausentarse indefinidamente.
Se echaron en falta cuando, en las páginas del álbum, dieron con el pasado inmediato y aquella vida, vivida minuto a minuto, colmada de defectos y besos entre horas… Habían hecho de sus largas conversaciones sobre el presente y el futuro, tirados en el sofá, una absurda relación sujeta a los límites de un mensaje de texto y estúpidos dibujos, donde los besos eran cosa de monigotes universalizados.
Tenían ahora una vida para gustar a los demás y una ausencia permanente donde ir muriendo de nostalgia y desamor.
José A. Fernández Díaz