Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Se deslizaba la tristeza entre los poros abiertos sobre la vetusta pared, correteaba silenciosa entre los muebles apoyados sobre un suelo ignorado por andares inquietos, cansados, moribundos o desnortados, estaba alojada en cada libro que los años habían convertido en cosas vivas de milagro pero inamovibles, habitantes cautivos de aquel espacio perdido para la capacidad de sentir la vida en colores. Una frase, una selecta colección de palabras interconectadas por la rabia y la esperanza, ocupaba buena parte de una pared sin mas testigos que otras tres, igualmente tristes y olvidadas: “Dios estuvo aquí pero ayer decidió irse para no volver”…
Sobre un cofre algunos libros, roídos por el tiempo, impedían que unos cuantos papeles manuscritos y marcados por círculos sospechosos, con la precisión de un descuido y el color del vino o del café…y chorretones indiferentes de tintas y vivas etílicos dedicados tal vez a las sensaciones perdidas. Apenas un puñado de letras casi ilegibles atrapaban los sentidos a poco que se mostraban bajo los límites impuestos por el cuerpo protector de los viejos volúmenes… Unas pocas palabras, que pretendían contar cosas de esas que hoy no importan demasiado, se morían poco a poco entre estertores marcados por el tiempo detenido para siempre, un día cualquiera, en la esfera de un reloj muerto a las doce en punto de un tiempo con luz inventada para la noche o real… real y viva del día.
Allí, en aquella habitación, el tiempo se había detenido y a casi nadie importaba cuándo y por qué… a casi nadie. Explicaba ese casi nadie, la presencia de un hombre que había dejado de ser niño a poquitos y también con prisas a golpe de encuentros mas o menos formales pero siempre inolvidables, con la vida contada para ser vivida a sorbos y bocados por ilustres desconocidos. Aquella biblioteca estaba conquistada por el olor del papel invadido, atiborrado, ilustrado, ocupado por retazos de vidas vividas por otros, generosos y exhibicionistas como el que más y por la inexplicable sensación de no estar solo o, mejor, de estar rodeado por las hojas de un diario personal, donde reposan los sentimientos propios capturados por la gracia de otros.
Cuantas tardes, cuantas noches, cuantas mañanas habían quedado atrapadas allí… cuanta niñez desbordante y cuantos sueños alcanzados sin ir mas allá de los limites de dos breves tapas de cartón y tela o cuero. Cuanta vida vivida sin vivirla, cuanta experiencia prestada, cuanto amor contado y cuanta amistad explicada al detalle y al punto donde las lágrimas no retornan.
Casi todo intacto, solo el tiempo que el traía de fuera parecía contaminar un poco la atmósfera de aquel sueño suyo. Tan intacto todo que no pudo resistirse a buscar aquel libro donde había escondido la primera carta donde pretendía hablar de amor. Estaba allí, entre las páginas donde descansaban las flores del mal de Baudelaire. Furiosa opción para quien intentaba esconder del mundo, demasiado racional, sus ganas de explicar que ya no era capaz de pensar en muchas cosas a la vez porque su universo tenía un centro donde todo terminaba por encontrarse.
Su vida estaba allí. La vida suya que un día se paró para perderse en otros paisajes. Ahora, de regreso, quería, necesitaba, recuperarse y sin duda las herramientas para volver a ser estaban allí en los libros y entre los libros. Sabía perfectamente donde se había quedado, porque con gran atrevimiento había escrito algunas cosas en la pared y bajo la alfombra, rayando el suelo como si fuera la piel de los sentimientos que lo habían movido. Había vuelto para quedarse y como hiciera, la última vez, veinte años atrás, se acercó a la biblioteca, esta vez para devolver el volumen que había viajado con él a lo largo de kilómetros y años; tomar otro, que era la continuación deseada y volver a soñar en paz…
José A. Fernández Díaz