Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Para cuando descubrió que la vida era eso que sucedía mientras actualizaba su estado en el facebook, apenas quedaban corazones que herir, miradas para avergonzarse, mentiras para inventar y bien poco de esa amistad que nunca conoció.
La vida como defecto había encontrado sus propios límites en las miserias que disparaba a matar, contra los cuerpos inocentes de todos aquellos que pretendían mirar por la ventana. Se emborrachaba con la náusea de los otros y la impotencia de los demás… disfrutaba de aquella fiesta inventada y anónima, confeccionada palmo a palmo a golpe de verbos enfermos y encendidos de rabias inexplicables.
Gozaba de una pretendida capacidad para agredir sin decir nombres, urdir e inventar, sin ser culpable nunca, falaces construcciones determinadas a devastar la paz y la buen fe de los otros.
De la vida propia no había dejado nada reconocible. Todo tenía un lado opuesto, una verdad tras su mentira o una mentira tras su verdad, sin que, al final, el conjunto no fuera otra cosa que algo distinto a una vida de verdad.
Para cuando aprendió a despertar, la red, social, se había convertido en el suicidio permanente de la única verdad que le quedaba por convertir en mentira: el nombre que sus padres le habían dado.
José A. Fernández Díaz.