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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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                Uno tiene derecho a convertir su vida en la más grande de las mentiras o la más inútil de las farsas. Uno es artífice de los inconscientes y precisos pasos con destino al precipicio más próximo;  y eso es una opción. Uno puede vivir de apariencias mientras sea capaz de engañar sus propios sentidos y no herir a los de quienes viven al lado.  Uno es singular  solo cuando  la isla en la que vive tiene un único habitante…

                La primavera  era algo más que una realidad imparable, una colección de sensaciones al servicio de los primeros suspiros, una manera de pensar en clave de felicidad. La primavera era un  deseo hecho realidad  y una realidad que se colaba en la casa hasta impactar de lleno con miradas ocupadas  en soñar. Ella despertó con la luz cálida y generosa posada sobre la piel él había dejado de acariciar con las manos o los labios. Ella se sentía acariciada tan solo en las letras de las canciones que él componía y en las falsas historias que contaba a quienes querían escuchar. Más allá de aquellas paredes donde habitaba la más grande de las mentiras,  la vida que ellos habían construido era perfecta e idílica. Ella moría por horas, por días, por meses y por años, en una muerte que no acababa de llegar,  mientras intentaba salvar a sus hijos del naufragio.

                Cuando despertó se percató de que había dormido sola. Atrapada aún por el poder de las pastillas para confundir la realidad, apenas era capaz de reconocerse como superviviente. Era parte del escenario donde aquel egoísta, narcisista, enfermo de odio, rabia y envidia, construía su espectáculo. Había dormido sola una vez más. Mientras intentaba despertar escuchó el ruido de pasos desnudos que terminaron por convertirse en el  animal que solo quería herir su sexo, su boca, sus pechos… con la furia de quien ha terminado por convertir en propiedad privada la piel de otro.  Ella era terreno ocupado, conquistado, cautivo. Era una construcción a la medida de las necesidades de aquella bestia que contaba al mundo cuan felices eran mientras el miedo más denso se apoderaba de madre e hijos.

                Tomó aquel cuerpo que tenía que ser como él quería, a su medida y, sin palabras,  entró con fuerza hasta hacer tanto daño que arrancó lágrimas y gritos contenidos, por miedo a que los niños se encontraran con el miedo. Se vació sobre ella sin mirar, sin sentir mas allá de su propia piel y luego se fue. Se fue pero no para siempre.

                Bajo el agua de la ducha soñaba con una vida de verdad. Rompió los sueños cuando se miró,  vestida con la ropa que él quería,  sin detalles ni adornos. Había perdido toda la libertad.

                Cuando llegó a la cocina se encontró con que el contaba a uno de sus amigos cuan placentero había sido el despertar al lado de su compañera  y cuanto habían disfrutado de una buena sesión  de sexo  compartido… Cada vez la quiero más, es mi chica para toda la vida.

                Mientras el continuaba con su conversación ella alcanzó a leer  la letra de una canción en la que estaba trabajando. Hablaba de que la vida sin sus hijos era impensable y de que nunca imaginó que la felicidad estaba tan a mano.

                Tras leer aquella dolorosa mentira, se fue al cajón de los cuchillos, tomó una tijera y mirándolo a los ojos, mientras intentaba mantener con normalidad su conversación,  comenzó a cortarse el pelo, arrojándole uno a uno los mechones, luego la emprendió con la ropa que llevaba puesta. Se ayudó con un cuchillo que terminó por provocar algunas heridas que sangraban sobre el suelo de la cocina…

                Completamente desnuda, sangrando y llorando comenzó a contar, “uno, dos, tres, cuatro, cinco, ….trece, catorce, quince… años de mierda, hechos a la medida de tu mentira, de esa farsa que te hace feliz … y ya no puedo más porque quiero mi vida, la que tenía cuando te conocí… Ahora no tengo nada mío y no estoy dispuesta a seguir siendo lo que tu quieres que sea…

                El  rompió a llorar mientras ella,  con desesperación, se acercó para consolarlo. Cuando escuchó decir: “eres mala y por eso crees que yo abuso de ti”… entendió casi todo y decidió huir, huir para buscarse.

                José A. Fernández Díaz       

 

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