Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Justo al final de la tarde, posó sobre la mesa del jardín los restos de una aventura ajena aún inconclusa. El sol comenzaba a desfallecer definitivamente sobre las montañas que impedían ver el mar; jugueteaban entre los árboles con cierta impaciencia....
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Llovía, aquella tarde llovía con cierta cadenciosa intensidad… Las horas para mi discurrían tras el cristal… Aquella edad mía impedía que tuviera muchas opciones. Tenía, creo, siete, tal vez ocho años… recuerdo que llovía. Con nitidez acude a mi memoria...
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Tras el primer sorbo de aquel brebaje almibarado el espíritu que me sostiene comenzó a dudar; el siguiente me hizo ver caras y reconstruir olores perdidos en el tiempo y con el tercero se entremezclaron la alegría de volver atrás y el miedo de perder...
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Poca cosa hace falta para destruir la belleza que los años han construido a golpe de casualidades y antojos... poca cosa... Poca cosa hace falta para borrar retazos de presente que alegran el corazón... poca cosa y un espíritu enfermo. En la esquina verde...
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