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9 diciembre 2013 1 09 /12 /diciembre /2013 01:19

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             Una mañana me levante decidido a recorrerte sin medida ni límites desde el día en que me ibas a querer y hasta el día en que la maldita muerte tuviera la desfachatez de ponerme en mi merecido cálido sur,  donde no se habla de los Ángeles de Victoria Secret… por ser Ángeles de nombre …

             Te busqué mucho antes  de que perdiera la noción de lo bueno y lo malo y te encontré entre seres buenos, siendo tú la mejor. Me miraste con pasión,  pero no de la que yo llevaba conmigo y te ofreciste para ser mi guía a través del camino de vuelta a la esperanza. Parece que mis nefastos argumentos eran más fuertes porque pronto te perdiste conmigo, buscando el placer que aparecía definido entre las líneas algo desdibujadas de la  oscura historia que aprovechaba para contarte entre mentira y mentira.

             Lo dejaste todo por mi  y aquella versión que llevaba conmigo de una realidad construida a golpe de improvisación. Me enseñaste a pensar en el futuro porque se me antojó que contigo si valía la pena que llegara a existir. Por esa razón quería viajarte, recorrerte sin pensar en los límites, perderme en tus rincones cálidos, dulces; convertirte en nostalgia de esa que lo aborda a uno al segundo del segundo anterior y en dolor de herida abierta de repente sin causa ni razón y atajado con tanta premura y acierto como el amor  súbito y conciso… dolor intenso e indescriptible y de repente calma inmensa y sensación de tocar el centro del paraíso… Que cosas me hacías  pensar y decir. Me convertía a  veces en una poeta ebrio de amor, incapaz de conciliar verbos con sentimientos más allá de la necesaria invasión etílica…

             Pues una mañana me propuse no dejarte ir sin saberte de memoria. Llené dos vasos con un torrente de  generosas gotas del licor que había creado para la ocasión y me acerqué a ti, desnudo sin razones ni palabras, sin ganas de explicar ni contar; ajeno a ruidos y músicas, horas y días… Yo te quería para inventarlo todo de nuevo. Al fin de mi ruidosa imperfección nada podía aprovechar, nada valía la pena,  como nada me importaba  más que lo que llevaba el calor de tu presencia.

             Toqué a la puerta del lugar donde aún dormías,  desde que yo perdiera la noción de mi mismo y no hubo respuesta. Aquel día me propuse recuperar el tiempo perdido, el que yo había robado a tu esperanza. Toqué y volvía a tocar hasta que, sin respuesta, decidí entrar. Encontré que tras la puerta una potentísima luz de la mañana  lo llenaba todo. Tras la puerta las ruinas del lugar donde había habitado mi locura y quienes intentaban arrebatármela… eso, unas cuantas paredes derruidas, la maleza desbocada, árboles que no era capaz de recordar, la soledad de lo abandonado y olvidado, solo eso y mi locura que no había encontrado cura…

             José A. Fernández Díaz

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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