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22 julio 2014 2 22 /07 /julio /2014 01:44

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                 (Dibujos de Cristina Bumbury)

            

                 La soledad ocupaba buena parte de su casa-estudio y también toda la superficie deshabitada  del lienzo que miraba como si se tratara de una ventana con vistas a otro lugar de la realidad. Sin tiempo para pensar hizo una curva leve sobre la tela virgen y la fue alargando y matizando hasta descubrirse dibujando el cuerpo de una mujer; pero no una mujer cualquiera. Se trataba de una mujer a la que iba deseando con locura mientras la construía poco a poco con retazos de memoria e imaginación. Apuraba su trabajo mientras el corazón que lo sostenía latía con furiosa pasión al tiempo que sentía como una incontrolable erección lo ponía en evidencia ante… nadie.  

                Por la ventana abierta entraba el murmullo de la noche y una brisa tibia con olor a verano. Entonces sin dejar de mirar su obra y a reventar de deseo, decidió salir y apagarse con una cerveza fría.

                Algunos bares de fauna fija y flora indescriptible,  tienen la virtud de rellenar con silencios los vacios del alma y encender las rabias hasta terminar por incendiar universos superpoblados por miserias de camino al fondo de las noches… El escogió uno de esos bares y allí se fue… y todo  fue entrar y encontrarse con que lejos de huir del objeto de deseo que había creado, perplejo, encontró que habitaba en aquella atmósfera densa y apacible. Ella estaba allí como si hubiera huido de las paredes de su lienzo. Tenía la misma ropa y también la misma manera de mirar… y con esa misma manera de mirar lo  miró con grato descaro y evidente deseo.  Y se fueron juntos cogidos de las ganas, dispuestos a confundir las carnes hechas para herir y ser herida, para penetrar y ser penetrada, mordida, besada, chupada… Ella sabía de un lugar y él había perdido el norte de sus horas; solo era capaz de recordar que había pintado aquel cuerpo desnudo bajo el vaporoso vestido y que a poco que rozara con sus manos la tela que lo cubría se iba a encontrar con piel para conquistar,  antes  inventada por su pincel.

                Llegaron, tardaron en llegar sin que fuera posible saber si aquel lugar estaba lejos o cerca, porque el ruido de la pasión era atronador. El abrazó aquel cuerpo con la locura de quien no sabe bien a donde quiere ir y terminó encontrándose con el culo que había dibujado atrapado entre dos manos que se sentían acariciadas mientras acariciaban. Aquella piel tenía el tacto de las flores y el calor de las noches frágiles del verano. De repente ya no hubo palabras, se descubrieron inventando sonidos nuevos,  quejidos, jadeos, suspiros, gruñidos… Ella era perfecta porque él la había inventado a la medida de los sueños con los que no era capaz de dormir. Cuando estuvo dentro de su piel cálida, húmeda, salada, pensó que era buen momento para que el mundo llegara a su fin. Hubo un fin, tras el calambre compartido, tras los espasmos y la descarga pero también hubo vida después, poco más o menos como la de antes.

                Volvió al estudio cuando el reloj bajo la noche avanzada anunciaba las cuatro de la madrugada. Pensaba en aquella mujer una y otra vez y su cuerpo no se cansaba de responder con una erección tras otra.

                Llegó la mañana y se posó con toda  su intensidad sobre los ojos cerrados del artista hasta despertarlo. Mientras se duchaba volvió a recordar y a pensar si aquello había sido cierto o no. Al salir de la ducha se fue al lugar donde había dejado su trabajo… aquello era cierto y puede que aquello otro también. Con un café en la mano buscó material para iniciar una nueva obra. Una imagen se había posado sobre sus ideas. Tenía ganas de comprobar hasta donde era capaz de actuar sobre la voluntad de aquella mujer.  Trabajó con lentitud,  pues la noche estaba lejos. Dibujó dos posturas en un mismo lienzo, dos formas nada convencionales de entrar, permanecer y morir de placer  en pieles ajenas.

                Cuando por fin llegó la noche llevaba horas soñando con aquel sexo perfecto, aquellos senos respingones, aquella espalda con destino al culo más hermoso… y aquellas piernas que llevaban al centro del paraíso… La encontró y ella misma decidió lo que debía suceder tal y como él lo hubiera dibujado… Fue feliz otra vez.

                Así pasaron los días y cada cosa que dibujaba sucedía. Había conseguido dominar el futuro y construir una curiosa felicidad. Entre tanto el estudio se iba llenando de cuadros marcados por aquella grata temática. Pintaba con el lienzo muy cerca de la ventana siempre abierta. Había aprendido a prescindir del reloj mientras fuera capaz de leer las horas en el sol y más tarde en las estrellas.

                Una noche, tras mirar una y otra vez su última obra, salió a la calle buscando hacerla realidad, sabía que siempre  era así. Agradeció que comenzara a llover. Le gustaba la lluvia, el olor a lluvia, la voz de la lluvia, el silencio tras la lluvia… llovía cuando llegó al bar. Aquella noche ella no apareció y el excitado y loco volvió a casa. Cuando entró en el estudio descubrió que la lluvia se había metido por la ventana hasta posarse sobre el lienzo y distorsionar  hasta hacer desparecer su obra. Maldijo y con furia destrozó su vieja paleta… durmió, aquella noche, sobre el suelo mojado y tapizado con los dibujos de sus días de placer.

                Cuando llegó la mañana la lluvia se había retirado y el cielo era de un azul hiriente. Inmediatamente se puso a pintar. Hubo de buscar  una nueva paleta. Dibujó con frenética pasión y ruidosa lujuria las imágenes de sus deseos. Esperó a que llegara la noche y cuando por fin sucedió corrió al bar y esperó, esperó  hasta que no pudo más. Ella no volvió más, se la había llevado la lluvia de una noche de verano.

                José Ángel Fernández Díaz   

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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