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2 diciembre 2012 7 02 /12 /diciembre /2012 21:30

          lluvia.jpg            Es como si el cielo, cada vez mas gris, se desplomara de súbito sobre todo cuanto se posaba sobre tierra y no tuviera un buen techo para protegerse. Llovía con furia, con ímpetu, casi con rabia de dios castigador, que ensaya un nuevo diluvio para invadir algunas páginas de la otra historia.

             Las gotas de lluvia, impulsadas por el viento, se estrellaban contra los cristales del salón al tiempo que la gata, graciosa, intentaba atraparlas desde el otro lado, desde el lugar que también yo ocupaba. Abandoné la lectura para observar, ya en pie, el aspecto de la calle. Sobre el cielo de la tarde, antes vivo, abierto, inmenso, se había vaciado una noche fuera de tiempo, como un bote de tinta negra sobre el arco iris mas hermoso. Las calles se desdibujaron bajo un río que, imparable, corría, seguramente, en busca de su mar; la gente, antes tranquila, con paso despreocupado, corría en busca de un techo donde aparcar sus cuerpos tocados o empapados por la lluvia algunas veces, esta vez, incómoda. Un perro,  que arrastraba una correa, corría con dificultad, intentando ser aceptado en algún portal donde poner a cubierto la colonia de pulgas que habitaba en su piel, poco acostumbrada a los rigores del mundo exterior. Poco después un hombre difícilmente reconocible bajo un inmenso traje de aguas, arrancó al animal de su mirar cansino para poner en marcha ese mecanismo secreto que activa las colas de los perros. Una mujer que traía una conversación consigo misma se sumó al grupo y desplazó el resto de su monólogo hasta desvirtuarlo para ser compartido. Un grupo de estudiantes jugaba bajo los crueles goterones de algún canalón roto que, como pequeñas cataratas, sorprendía a quienes intentaban, desafortunados, aplacar la húmeda peripecia, caminando bajo las cornisas como funambulistas defenestrados, pero manteniendo el equilibrio.

 

            Un hombre joven, llamó mi atención especialmente. Bajo la lluvia, sin inmutarse, apenas cubierto por una suave camisa remangada hasta los codos y un pantalón que en aquel momento hubiera valido perfectamente para calcular la cantidad de agua caída por metro cúbico. Quieto, se balanceaba a los lados pero de una forma tan leve que solo fijándose muy bien era perceptible. La mirada fija en ninguna parte y en la boca, mejor en la voz, lo que parecía ser el momento determinado de una canción cualquiera que repetía incansable.

 

            Una mujer, también joven, me robó la atención puesta en el hombre ausente. Llevaba  en una mano un hermoso ramo de rosas rojas y en la otra un pañuelo con el que, de manera inútil, enjuagaba sus lágrimas. Me gustaron sus zapatos rojos, poco adecuados, sin embargo, para un día de lluvia y menos aún para un día de desilusión.

 

            El hombre joven cerró los ojos y se sentó en medio de la acera; también dejó de cantar. La mujer joven llegó a su lado bajó hasta sus manos y puso en ellas el ramo de rosas; tras  incorporarse se fue cantando la misma canción que aquel hombre, poco antes, había guardado en silencio.

 

            La gente pasaba con prisa cerca de aquel hombre del ramo de rosas, sentado en el suelo por done corría un río de lluvia. Algunos miraban con desprecio, otros con pena, casi todos miraban, nadie, a pesar de todo, tuvo tiempo para preguntar. Mientras tanto llovía y llovía como si nunca fuera a parar, como si aquella ciudad estuviera sentenciada a convivir para siempre con aquel fenómeno.

 

            El viento traía entre la lluvia un pequeño papel que vino a estrellarse en el cristal de mi ventana. Lo desplegué con cuidado. El agua había perturbado la belleza de una caligrafía cuidada, pero allí pude leer una pregunta con reflexión añadida: “¿Qué pasa cuando el amor se acaba?... yo no lo sé, no tengo razones para olvidarte, creo que tampoco para seguir adelante. Prefiero que convirtamos esto en una buena amistad. Estas rosas rojas, como siempre, pero esta vez para que sepas que te aprecio… lo siento.”

 

            Para cuando releí por tercera vez aquella breve nota, una extraña sensación de complicidad había invadido mi pensamiento. Me había convertido en el receptor casual de uno de los últimos trozos de lo que podría haber sido una hermosa historia de amor. Al volver la mirada al exterior, encontré que el hombre joven del ramo de rosas rojas se había ido. En el suelo quedaron dos rosas rojas cruzadas, atadas, creo, por el dolor. Mientras tanto llovía, llovía sin parar. 

            José A. Fernández Díaz                            

 

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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