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30 abril 2014 3 30 /04 /abril /2014 00:43

 culo

          Lo cierto es que cuando el reloj de la oficina rozaba las seis de la tarde decidí poner  algo de música. Metí un cassette en el reproductor que utilizaba para grabar las juntas y después de rebobinar hasta el principio, pulsé el play. Tras un breve zumbido  comenzó a sonar Tragedy de los Bee Gees. No llevaba una semana conmigo y ya la había escuchado una docena de veces. Cuando la música me levantó ligeramente el ánimo decidí llamar a Sara. Me llevé el auricular a la oreja y comencé  a discar uno a uno los números que revoloteaban en mi memoria… me gustaba el ir y venir mecánico del disco lleno de agujeros y su ruidito peculiar.  Esperé y volví a marcar… nada, no estaba en casa. Volví a mi trabajo. Cargaba los datos contables en la computadora de la empresa. En un momento determinado me encontré escribiendo sobre la pantalla oscura un “te quiero”. Las letras verdes y sobretodo el punto tintineante del final me llamaron a la realidad… ¿Qué hace un “te quiero” como tu en un desierto de números?...

          Levantaba la mirada muchas veces a lo largo del día, para pasearla por el espacio de la ventana. Aquella pantalla oscura, habitada tan solo por números y letras luminosas en la oscuridad de la pantalla, resultaba monótona y fatigosa. La tarea de imprimir en papel continuo era una tortura para los oídos. Decidí grabar algunos datos. Saqué un disco de su funda y con cuidado lo metí en la ranura… aproveché para llamar una vez más… Nada, no estaba o simplemente no quería coger el teléfono. No podía saber que se trataba de mi, pero conociéndola le importaba bien poco que sonara toda la tarde y aún toda la noche.

          Di la vuelta a la cinta y comencé a escuchar la cara B mientras consultaba el manual de uso del nuevo cacharro que me habían colocado: una máquina fotocopiadora. Aún sin estrenar porque utilizaba un curioso papel brillante que a nadie se le ocurrió comprar.

          El reloj marcó el fin de la jornada y me ocupé de apagar todos los aparatos, expulsar mi cinta de cassette, meterla en su caja para escucharla en el coche una vez mas. Al salir me encontré con la señora de la limpieza y nos saludamos con cariño.

          En la calle busqué una cabina para llamar a Sara. Pronto encontré una al pie de un frondoso árbol en el borde de la avenida. Me metí, cerré la puerta y busqué dinero en el bolsillo de mis vaqueros. Marqué todos y cada uno de los números para descubrir que seguía ausente y yo solo. Cerré los ojos, cansado y desolado… No sé cuanto tiempo estuve así pero cuando decidí recomponerme, la luz interior de la cabina estaba encendida y fuera era noche.

          Salí de la cabina y de repente me sentí rodeado por olores nuevos y una extraña sensación sonora ajena a la que conocía. Me llamó la atención el color de la luz que desprendían las farolas y los carteles luminosos… luego los coches y poco después el aspecto de la gente.

          Miré al interior de la cabina para descubrir que ahora de una de las paredes colgaba un aparato extraño dotado de varias ranuras, botones y una extraña pantalla … solo el auricular guardaba alguna semejanza con el teléfono que había empleado poco tiempo antes…¿poco tiempo?...

          Comencé a fijarme en la gente. Casi todos llevaban en la mano un aparato que no paraban de mirar y tocar. No tenía ningún botón pero emitía luz. Algunos estaban conectados de alguna manera a través de unos cables que terminaban por perderse en las orejas… Hablaban solos o se dirigían al extraño aparato que utilizaban como si fuera un auricular de teléfono. Junto a mi pasó corriendo una chica. Llevaba un brazalete del que salía un cable con dirección a uno de sus oídos y miraba con insistencia uno de esos aparatos.

          A pesar de que yo miraba con insistencia y curiosidad, nadie me miraba. Me senté en un banco desde donde podía ver el interior de dos cafeterías y una especie de bar. La gente que ocupaba las mesas aún en grupos apenas se dirigía la palabra. Casi todos miraban al lugar donde manaba la luz de aquellos pequeños aparatos  y con sus dedos parecían limpiar o pulsar sobre la superficie… otros parecían  absortos en la contemplación de unas versiones mas finas y algo mas  grandes de aquellos aparatos… los niños se entretenían con algo parecido a un pequeño libro abierto en vertical que emitía ruidos y música algo molestos. De vez en cuando abandonaban sus aparatos para beber o comer… Pero apenas se comunicaban.

          Junto a mi pasó un hombre bien vestido, con un portafolios y que hablaba con cierta desesperación a aquel aparatejo. Decía que ya no eran horas, que su jornada de trabajo había concluido y que estaba harto de estar localizado…

          En el banco de al lado se sentaron un grupo de chavales. Uno de ellos traía puesta música en uno de aquellos aparatos. Yo conocí el tema inmediatamente, pero la versión era nueva o diferente, vertiginosa desde luego… Llamó la atención de sus amigos diciendo que tenía allí mas de quinientas canciones … Todos se ocupaban de mirar a sus aparatos y teclear sobre lo parecía un teclado real. Apenas hablaban. En los semáforos la gente esperaba en compañía de su dispositivo. Algunas parejas paseaban sin mirarse, ocupados en aquella cajita…

          ¿Qué era aquello?... Tenía que ser algo muy poderoso, algo capaz de atraer mas que cualquier cosa conocida. ¿Creaba soledad o la impedía?... Desde luego no favorecía el diálogo entre las personas. ¿Qué ha pasado con las relaciones humanas?. Parece que el hombre hubiera vendido su libertad a cambio de tecnología alienante?...

          Aterrorizado, temeroso de no ser capaz de volver, descansé cuando entre la gente me encontré con la etiqueta de unos vaqueros… Desperté de aquel mal sueño con la imagen del toro de Lois en el bolsillo del  pantalón de Sara.  

          José A. Fernández Díaz        

 

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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