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24 enero 2014 5 24 /01 /enero /2014 02:02

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                Un día los cielos fueron grises, tanto que la ciudad comenzó a llenarse de soles falsos, de ilusiones cautivas en viejas fotos de veranos perdidos. Los poetas se quedaron sin colores para inspirar la voz de sus almas y sin destellos para entender el idioma de las miradas. Aquel día la inconsciencia colectiva no supo que iba a ser para siempre. Fueron uno y luego otro y otro  más hasta que perder la cuenta se convirtió en una terapia aconsejable.

                No tardó en llegar la lluvia algunas veces torrencial y agresiva otras constante y tolerable, falso anuncio de una tregua y la vuelta  a la luz que nunca llegó. Llovió casi siempre y cuando no,  los cielos ahogaban la ciudad en una colección de grises eternos… el sol  había sido vencido por las nubes impenetrables.

                Una tarde cualquiera de aquel eterno invierno una mujer paseaba mirando  al fondo de los charcos, bajo un paraguas rojo. Parece justo decir que la gente había perdido la costumbre de buscar belleza, de encontrar belleza, de mirar a los ojos y a los labios. Bajo los cielos infinitamente grises la vida discurría elaborada segundo a segundo por obreros anónimos sin apenas cosas que contar. Las calles tenían un extraño idioma parecido a la melancolía… un idioma plagado de signos y símbolos aprendido a fuerza de frustrantes falsos amaneceres y anocheceres apurados. Puede que aquella mujer tuviera un nombre parecido al de otras mujeres que entonces se buscaban entre los espejos tristes de los charcos, puede que fuera único e irrepetible, puede... Tampoco importa demasiado porque algunas historias se pueden contar si que sus protagonistas tengan un nombre.

                Tenía un paraguas como casi todos los habitantes de aquel lugar conquistado por la lluvia; tenía un paraguas rojo y unos labios a juego. Al pie de una destartalada tienda de ultramarinos germinaba a duras penas la intima voz de un violín acariciado por las manos de un hombre que parecía soñar en medio de la lluvia. Los ojos cerrados y el corazón abierto, mientras simétricos hilos de lluvia marcaban el contorno de una jaula de cristal. Se protegía bajo el saliente de un tejado vetusto y poco fiable.  Aquella mujer lo escuchó entre la lluvia y lo vio navegar entre poesías imaginadas, susurradas al oído de la pasión.

                Interpretaba a Vivaldi y seguramente no el invierno, mas bien se trataba del verano… Aquello sonaba a esperanza pero era poco más o poco menos que “lágrimas en la lluvia”. Llegado el tiempo para despertar lo hizo. Deslizó las últimas notas por entre las aguas que corrían ligeras entre los adoquines y la historia contenida… dejó el arco durante algún tiempo sobre las cuerdas, quieto,  antes de respirar profundamente y abrir los ojos para descubrir que bajo un paraguas rojo unos labios rojos parecían decir: “gracias”…

                Aquel hombre del violín seguramente tenía un nombre, un nombre familiar o no, pero esta vez es posible seguir adelante sin que importe para nada cual  es. Terminaron por mirarse a los ojos tristes y lo hicieron en tono de súplica. Mientras tanto la lluvia levantaba su voz intentando impedir tal vez algo de felicidad que se presentía.

                El hombre del violín abandonó el lugar que ocupaba y con su violín apretado contra el pecho, cubierto por su viejo abrigo, se acerco a la mujer que acercó el paraguas rojo hasta compartirlo. Caminaron en silencio hasta un portal donde una farola ofrecía la única luz que imaginable. Ella abrió la puerta y mientras cerraba el paraguas el permaneció bajo la lluvia mirándola a los labios. Entraron. Ella delante, el seguía sus pasos que se repetían un buen número de veces entre las paredes tristes. Llegaron a un segundo piso probablemente y entonces ella con un gesto  que apuntaló el silencio, fue capaz de preguntar: ¿quieres entrar?... El respondió entrando sin mas.

                Apenas esperaron a que la puerta se cerrara del todo cuando se encontraron piel a piel en un profundo beso. Al abrazarse ella se percato de que aquel hombre estaba calado por la lluvia no de un día solo, sino tal vez por la de los días que daban nombre a su edad. Ella retiró con cuidado el abrigo para descubrir que una de las manos que no la había acariciado aún sujetaba el violín. El buscó un lugar en el suelo para sentarse, mientras ella llenaba una copa con un vino rojo y denso que ofreció de rodillas, frente a él, sujetando el recipiente  con las dos manos… El dio cuenta del contenido rápidamente e inmediatamente, ella, silenciosa siempre, como él, volvió a llenar la copa y luego se alejó ligeramente, hasta convertirse frente a la ventana en una silueta maravillosa.

                Aquel hombre tomó el violín y comenzó a tocar muy suavemente una melodía que recordaba el rumor del mar y las gaviotas volando libres… ella se movía lentamente y poco a poco desvestía aquel  cuerpo ligero y frágil como una nube pasajera. Incapaz de tocar con la mirada a descubierto, aquel hombre, se debatía entre mirar a la belleza o mirarse el lugar donde su alma tenía refugio. Sabia alguna que otra respuesta, no era la primera vez, decidió perderse en su interior para volver al final y descubrir el  calor de la piel que iba a amar.

                Improvisó una melodía llena de esperanza y cuando exhausto decidió terminar encontró que una de las cortinas dibujaba, a merced del viento, extraños mensajes en el aire que viajaba por la habitación vacía. Un trago mas, largo y sin copa le ayudó a comprender que la lluvia también construye espejismos para aplacar el ansia de los corazones solitarios…

                José A. Fernández Díaz   

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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