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29 noviembre 2012 4 29 /11 /noviembre /2012 01:46

   

            camino.jpg             El reloj cobró protagonismo de súbito, cuando la campana alojada en su interior llamó la atención, explicando que la tarde alcanzaba  ya a la noche y todo pese a que el sol ardía aún entre los árboles al fondo, justo donde, sin grandes esfuerzos podía suponerse el mar, el mar vivo, incansable, generoso.

 

            Abandonó el libro sobre la pequeña mesa a su derecha, algo atiborrada,  y testigo de largas tardes y noches de silencio y lecturas desaforadas, de pasión contenida y sueños sin tregua con los ojos bien abiertos;  un simple doblez en la esquina superior de una de las  páginas  atrapó el camino recorrido y prometió  continuar.  Sobre el libro cerrado  dejó reposar las viejas gafas, acostumbradas, cómo no, al olvido y al despiste y el ansia de volver a tirar  del hilo de aquella historia súbitamente detenida al borde de la tarde. No  fue consciente del tiempo transcurrido  hasta que su cuerpo advirtió sobre la dificultad de recuperar la verticalidad.

 

            Quiso, deseó poner música de fondo al espectáculo que encerraba  el pequeño espacio de la ventana. Buscó entre sus discos y sin que pudiera o quisiera evitarlo pensó una vez mas, otra vez, después de  cien veces en ella que, probablemente, aun dormía. Un placer sin nombre puso en su mano “la Barcarola”...  Quería  verla despertar, igual que antes la observara mientras dormía.

            Antes de poner la música, aquella música suya y casi con deseos de rogar a los últimos rayos del sol que no tuvieran prisa, decidió llenar la bañera con agua caliente y olorosa, preparar al tiempo una sabrosa taza de chocolate para cada uno. Quiso verla en la memoria  y cerró los ojos, dormía plácidamente, navegaba entre aguas quietas y tibias  que reflejaban el blanco imposible  de las nubes de algodón, que impiden siempre que llueva en los sueños, para que no se mojen los cielos de papel celofán. No bastó la memoria, quiso abrir los ojos y soñar despierto, verla despertar y con los ojos casi cerrados preguntar: ¿dónde estas amor?...  estoy aquí, te miro, te sueño, te respiro, te quiero...

 

            La música del disco que había seleccionado comenzó a colarse entre las cosas, entre las sombras de la tarde-noche, entre espacios inertes, conocidos, olvidados  a veces; llegó poco a poco a cada habitación; ella no tardaría en escucharla.

             El tiempo y la costumbre, el conjunto, nos convierte en verdaderos adivinos; casi podemos decir, sin miedo a equivocarnos, lo que puede llegar a pasar ante una determinada situación. Ella tenía la respuesta previsible a los estímulos que el sabia construir.

 

            La música alcanzó no solo los rincones materiales, conocidos, tangibles al fin, sino también los interiores, aquellos que al ser descubiertos  se rinden a la tentación de mostrar mil sentimientos. El chocolate caliente  inundó el ambiente con su agradable aroma. La mezcla era perfecta, deseable... el la conocía tan bien que casi se sintió culpable.  

           Esperó, escrutó en el espacio próximo a la habitación algún ruido, alguna perturbación  pero no encontró nada nuevo, nada distinto. Cerró los ojos, introdujo la mirada en la habitación en el interior cálido y acotado por una luz leve;  respiró el perfume suyo , escucho el susurro de los sueños, imaginó el contacto ardiente de sus labios y el tacto de su piel blanca y suave... luego, pronto abrió los ojos no para despertar, sino con la intención de atrapar imágenes para ilustrar su catálogo interior...

           Pronto el agua de la bañera ya no pareció tan apacible. Había  comenzado a enfriarse y tampoco desprendía  olorosos vapores. El  aroma del chocolate era poco a poco, cada vez mas, un recuerdo rezagado, un alimento para los sentidos, consumido solo por el olfato. La melodía de fondo hacía tiempo que era otra, demasiado alegre para acompañar la suave decadencia de las últimas luces del atardecer, demasiado impetuosa para acompañar un suave despertar. De  súbito  el conjunto  no resultó tan exquisito, otras sensaciones bien distintas se hicieron con la plaza.

            Volvió sobre sus pasos, apagó sin cuidado alguno el aparato de la música, sin retirar el disco, que fue perdiendo velocidad poco a poco hasta convertirse en un estertor. Caminó lentamente hasta el baño y  tiró de la cadena  que sujetaba el tapón de la bañera, observó durante algún tiempo como rápidamente se perdía,  a través del breve sumidero,  el agua antes cálida y olorosa. En la cocina, simplemente dejó la taza junto a otras, en el fregadero con su contenido algo cuajado ya y volvió a la sala donde la noche se había hecho reina. Encendió  la pequeña lámpara de lectura, recuperó sus gafas, suspiró mientras desplegaba la esquina doblada de la última hoja donde había estado y sin pensar en otra cosa volvió  a la aventura ajena pues el intento de construir una propia había fallado una vez mas.

 

José A. Fernández Díaz

 

                

 

 

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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