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12 mayo 2014 1 12 /05 /mayo /2014 01:01

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                La experiencia, confundida entre los calcetines sucios, como parte del equipaje es algunas veces y muchas también,  una carga inútil pero inevitable.

                Alejandro leía con locura y  vivía con algo de cordura para compensar. Había aprendido a reconocerse en la trama de las historias con las que convivía una semana, dos o tal vez tres. De tanto perderse entre líneas terminaba  por conformarse con su monótona y repetitiva realidad. Era un hombre de costumbres y horarios incorporados a los mecanismos que escondía bajo la piel. Había llegado a ser consciente de que curiosamente no se pertenecía  y que era una amalgama de títulos peligrosamente sueltos por los renglones torcidos de los restos del paraíso destruido.

                Un día decidió probar que sentía el protagonista del “ensayo sobre la ceguera”  de José Saramago… De camino al trabajo delante de un semáforo cerró los ojos y no volvió a abrirlos hasta que escuchó como se cerraba la puerta de un maloliente calabozo. Dentro de aquel lugar experimentó con la personalidad del Conde de Montecristo, pero pronto descubrió que no había celda contigua, ni acantilado… Cuando fue conducido a un despacho para declarar se acordó del proceso de Kafka y no se pudo resistir. El policía que le tomaba declaración, perplejo, no supo que hacer y ante la duda se lo llevaron a Urgencias… allí fue el protagonista de “alguien voló sobre el nido de cuco”, hasta que una doctora algo cansada y hambrienta le formuló una pregunta terriblemente contundente y definitiva: mañana estoy libre, ¿cenamos juntos?. Ante aquello se encontró desarmado y también ilusionado…

                -¿Hablas en serio?...

                -Claro que hablo en  serio. ¿Por qué te iba a engañar?. Este es mi teléfono. Llámame por la tarde y quedamos.

                -Vale y cómo salgo de aquí?...

                - Igual que has entrado. Usando la imaginación y con mi ayuda.

                Pronto se despidieron y el se encontró caminando con dirección a su casa mientras leía el diagnóstico y la prescripción. Un episodio transitorio de algo que no era capaz de leer.  Al llegar a casa buscó en su botiquín y terminó por corroborar que la medicación que le habían aconsejado era la que estaba tomando.  Algo no iba bien o si. Al fin todo lo había hecho conscientemente. Lo que pasa es que la gente lee poco –pensó-.

                Aquella noche tampoco tomó nada; tenía ganas, muchas ganas de leer y necesitaba alejarse del sueño. Buscó en una de las muchas torres de libros arrimadas de cualquier manera a una de las paredes hasta encontrase con uno que en realidad eran tres y que había comprado porque tenía un éxito increíble entre las compañeras de su oficina. El primer tomo se titulaba: “Cincuenta sombras de Grey”. Curioso título. Comenzó a leer y poco a poco fue descubriendo que mientras el se había dedicado a los clásicos y a personajes relativamente profundos, la literatura estaba siendo conquistada por una extraña explicación de la realidad vacía de simbolismo y colmada de deseo tangible por lo mas a mano. Se quedó con una frase que la protagonista  se repetía una y otra vez: “la diosa que hay en mi”… En ella queda bien- pensó- pero si yo digo “el dios que hay en mi”, me pueden tomar por loco.

                Lo cierto es que la protagonista tenía un problema contractual con uno de esos hombres perfectos que no abundaban en su barrio. El quería convertirla en sumisa y ella no estaba muy convencida pero entretanto la cosa sexual entretenía la discusión de las clausulas... El tal Grey era rico, muy rico, rico rico, guapo, bien dotado, con helicóptero una gran empresa y viciosillo… Se le antojó una chiquilla inocente y  sencilla …

                De repente se encontró con que el ahora tenía una historia. Una doctora lo había invitado a cenar y el era un hombre inocente y sencillo. Y si mañana en medio de la cena me sorprende con una propuesta similar a la de Grey?- se preguntó-. Y si me planta un contrato pormenorizado determinado a la consumación reglada del placer?. Ella no sabe que casualmente estoy leyendo el libro y puedo adelantarme –se dijo-. Inmediatamente se puso a redactar los términos de un contrato sencillo e idílico con el objeto de contrarrestar el de la doctora y ganar tiempo.

                Al día siguiente por la tarde, marcó el teléfono que le facilitó la doctora y quedaron para cenar en un restaurante chino.  Ambos fueron puntuales escogieron con facilidad una mesa y tras decidir  y pedir lo que iban a cenar comenzaron a hablar.

                Alejandro se había fijado en que ella, Blanca, era una mujer atractiva y también que en su bolso asomaba el lomo de un libro. Eso lo ilusionó mucho. No sabía bien cuando iba a salir lo de su propuesta y lo del contrato pero lo cierto es que aquella mujer tenía un tono de voz agradable y gesto suave y convincente y una conversación alejada de lo material o convencional. Se estaba enamorando.

                -Has oído hablar de Dios?- le espetó mientras diseccionaba el vientre de  un rollito de primavera para introducirle algo de salsa agridulce-

                -Si, varias veces ´-contesto algo confuso.

                -Pues dirige mi vida y te puso en mi camino para que yo pudiera ayudarte, siempre de su mano y con su consejo.

                -En tu camino me puso la policía y una mala mañana que, por cierto, me ha traído algunos problemas en el trabajo. La verdad es que Dios y yo no tenemos una buena relación. Yo he oído hablar de el y he leído muchas novelas donde aparece pero no está entre mis protagonistas favoritos… y lo digo sin intención de faltarte al respeto.

                -Pero yo estoy aquí para que lo conozcas mejor. Tenemos que hablar de todo lo que puede hacer por ti.

                -Se me ocurren temas mas interesantes. Te prometo que no hablaré mal de tu amigo pero mejor hablamos de otra cosa. Yo soy un caso perdido y tengo un contrato en mi bolsillo que no te va a gustar nada.

                - Estoy segura de que es muchísimo mejor el que yo tengo para ti. Solo tienes que ser sumiso y dejarte llevar…

                Aquella palabra “sumiso” fue definitiva. Grey tenía un cómplice… Alejandro huyó aterrorizado mientras ella extraía de su bolso un formulario.

                José A. Fernández Díaz

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