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5 diciembre 2012 3 05 /12 /diciembre /2012 00:40

               miseria-1-.jpgNo se bien si he sabido valorar siempre la suerte con la que he viajado hasta mis cuarenta y seis  años; se que no miré ni miro con indiferencia a quienes no la tenían y no la tienen.

                Una imagen marcó,  a mis ocho o nueve años,  lo que iba a ser mi manera de ver la vida para siempre… La miseria, la pobreza, la impotencia … todo en unos pocos  minutos.

                Entonces vivíamos en Caracas; hasta allí habían ido a parar las ilusiones y la esperanza de mis padres y el valor que no puedo dejar de reconocer.  Fueron valientes, como muchos otros, y dejaron su Galicia y la España conquistada por el odio y la fuerza, gravada entonces por un presente gris y un futuro incierto. En aquella ciudad trabajaban y soñaban con volver pronto. Mi madre cosía desde muy temprano;  casi siempre antes de las seis de la mañana iniciaba sus tareas que a partir de  las ocho acompañaba con las radionovelas. Mi padre desayunaba y se iba a trabajar en un taller de carpintería y ebanistería que no tardo en ser  de su propiedad.

                Mi madre se ocupaba del piso, de su trabajo y de sus hijos… mi hermano y yo… casi nada… Sacaba tiempo, algunas tardes para llevarnos al parque. Caracas era una ciudad compleja y algo peligrosa, pero hermosa a pesar de ser eso: ciudad.

                Puede que todas las calles de todas las ciudades del mundo tengan sus peculiaridades, supongo que para los grandes viajeros no debe ser difícil distinguir entre unas y otras tan solo con ver algún detalle… Estoy seguro de que si bien no conozco demasiadas ciudades, si soy capaz de saber que imágenes se corresponden con aquella donde discurrió mi niñez y también mi adolescencia…

                Una tarde, una de aquellas tardes en que mi madre nos llevaba de paseo y al parque, caminábamos por una de sus inmensas avenidas, cogidos de la mano, mientras la vida se llenaba de anécdotas de las que seguramente no éramos conscientes. Yo observaba como iban apareciendo por las aceras, bañadas por el sol de la tarde y colonizadas por hileras de árboles, vendedores de helados portando unos carritos de tres ruedas y una serie sonora de campanitas en la barra horizontal con  la que los empojaban, vendedores de chicha, una bebida deliciosa a base de arroz, de raspados, una suerte de de hielo molido coronado con leche condensada y jarabe de frutas o de perritos calientes, que tenían un sabor indiscutible y que nunca encontré en otro lugar…

                Mientras esperábamos delante de un semáforo, para cruzar al otro lado de la avenida, llamó mi atención algo que sucedía delante de un carrito donde vendían perritos calientes. Una madre y sus seis hijos, supuse, repartían un perrito para todos… los niños, descalzos y casi desnudos lloraban y pedían a su madre impotente, un poco más… el resto de la gente que circulaba por la calle no parecía inmutarse ante semejante escena… tal es así que justo al lado una pareja daba cuenta de sus perritos como si nada estuviera pasando; la vida estaba hecha así y aquella fue mi primera lección… la miseria, la pobreza…la impotencia…

                Apreté el brazo de mi madre y me guardé, sin saber,  aquella breve primera historia de injusticia para el camino. He visto, desde entonces, muchas escenas y situaciones mas dolorosas, pero aquella encauzó mi manera de entender el mundo, mis ideas, mi capacidad para creer que pronto se convirtió en no creer y la condición de ciudadano de una nave ocupada por las injusticias y la desigualdad…

                José Angel Fernández  Díaz.

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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