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30 diciembre 2013 1 30 /12 /diciembre /2013 01:44

    herramientas-para-un-sueno.jpg

                Quizá terminó sorprendiéndose de que a  pesar del tiempo implacable todo estaba tocado por el perfume que habitaba en su piel dulce , salada, cálida, fría, húmeda, suave, sedosa… inolvidable siempre y siempre ocupada.

                Se conocieron con la mirada; se reconocieron, luego,  con el tacto y unas horas después se supieron  con la palabra, extraña pasajera de un viaje inventado al fondo de ningún lugar descriptible.

                Ella era piel para ser amada, acariciada, dibujada, tatuada, perfumada… herida, también herida con las herramientas dl querer y también del sinquerer , afiladas por la pasión, con la pericia de un creador todopoderoso.

                El era una comuna poblada por un puñado de ciegos  con ideas distintas y un lugar común confesable solo a las orillas de la noche intensa y avanzada; también un loco soñador de notas pasajeras, cabalgando sobre nubes veloces como el tiempo de amar.

                Conocieron las breves e inestables historias que los llevaron a un 24 de diciembre en común , bajo la lluvia torrencial, en la agradable intimidad de un portal habitado por el olvido donde el ruido del tiempo viajaba escaleras arriba, para contar  con voz baja a la nostalgia cuanto echaba de menos el estruendo de las historias cotidianas.

Llovía con tanta intensidad que parecía que tras aquella noche no iba a llover nunca mas…

Ella con su historia a mano y el jugando con los últimos segundos próximos a la desazón, en silencio, con el violento tema de fondo de la lluvia arrullando las pesadillas de soñadores aficionados de paseo por la ciudad. Se encontraron, sin palabras para decir, sin palabras para ser escuchadas, se encontraron simplemente.

                Al otro lado del vetusto portal la lluvia corría calle abajo, la luz era inmensamente pobre y el cielo una suerte de impenetrables grises y negros  profundos como la noche. Ella y el se miraron una y luego otra vez, profundamente,  luego volvieron a la calle sembrada de adoquines brillantes. De repente apareció un anciano caminando calle arriba,  arrastraba una cuerda delgada al final de la cual llevaba amarrado un grueso libro, que parecía no rozar el suelo. Tras el anciano, inmediatamente después,  una niña avanzaba penosamente bajo la sombra de un paraguas sin abrir; sin abrir bajo aquel aguacero que curiosamente no parecía afectarlos. Caminaban con parsimonia mientras el uno tarareaba una hermosa canción  parecida no a una sino mas bien a cien melodías juntas... Un relámpago  súbito ocupó la escena  y tras la luz intensa quedó todo sumido en una rotunda oscuridad que recibió en su interior un trueno espantoso. Las figuras habían desaparecido para cuando volvió la luz.

                En el interior del viejo edificio, escaleras arriba, en uno de los pisos, nació una hermosa luz de tonos indefinibles, grata a los sentidos, y en su seno los primeros compases del “aire” de Bach; inmediatamente, sobre la acera de enfrente nació de entre la lluvia la figura frágil de una bailarina que dibujaba con sus brazos las notas que llegaban desde el cañón de las escaleras…Y todo aquello mientras la ciudad y la lluvia eran una confusa relación en el tiempo. Ella y el se miraban una y otra vez con prisa, incapaces de apartar sus miradas perplejas y felices de cuanto sucedía al otro lado del portal. Tras un delicioso gesto la bailarina decidió desaparecer calle abajo mientras la música sonaba y sonaba con perturbadora intensidad. Ellos decidieron subir escaleras arriba, en busca del origen de la magia que atenazaba los sentidos. Subieron que curioso, cogidos de la mano, como si hubiera habido un antes. Subieron un piso y luego otro y otro mas que no fueron mas que el principio de una y  colección de puertas cerradas, sumidas en la oscuridad. Al fin sin que pudieran explicar cuantos pisos los separaban ya del portal encontraron una puerta abierta donde se había colado la noche de un verano extemporáneo y una intensa luz de luna que lo llenaba casi todo. Los grillos y las ranas mezclaban sus voces con los últimos compases de la melodía que los llevó allí. Al fondo encontraron un herrumbroso balcón desde el que se podía observar la misma noche que habían dejado en el portal y que nada tenía que ver con la que ocupaba las paredes indefinidas de aquel piso. Abandonaron aquel lugar con los sentidos llenos de verano y la sensación de pisar con los pies descalzos la arena  mas suave de cuantas playas conocieron.

                  El sentía como algo suyo, que curioso, la fuerza con que latía el corazón de ella y ella se había enamorado de aquella forma de respirar que llevaba junto a su piel. Se miraron antes de emprender el camino de regreso al portal. Bajaron tranquilamente, esta  vez en silencio. Pronto, demasiado pronto, se encontraron al pie de la calle, solo dos pisos los habían separado de aquel lugar donde estaba contenido el verano pasado o por venir, cualquiera sabe.

                   Un perro había encontrado abrigo en aquel portal. Dormía plácidamente. Se miraron y sin palabras ambos recordaron que uno igual que aquel había llenado sus vidas en algún lugar del tiempo. Para ella el último coletazo de su infancia y para el buena parte de aquella adolescencia perdida. Desde fuera llegó un agradable olor a castañas asadas y la campanilla que  anunciaba la entrada en las tiendas de la infancia, también el ruido que hacen las bebidas gaseosas al ser destapadas y la chapa cuando  cae al suelo… y para colmo el olor a pan recién hecho…

                   Otro trueno y la luz que abandona el escenario. Cuando vuelve solo queda la lluvia, la misma lluvia que no cesa a pesar de todo. El la mira, ella lo mira, se miran y salen a la calle como si los hilos fríos de agua fueran destellos de estrellas lejanas. El tararea, porque lo desea con todo su corazón, un viejo tema de los Beatles, “yesterday” … ella aprieta su mano, mientras la lluvia mezcla los perfumes que corren por sus pieles,  hasta encontrarse entre los dedos confundidos. Encuentran un parque y en el parque una fuente donde el agua está agitada y refleja algunas luces lejanas y el cielo de algún lugar desconocido. Ella termina encontrándose, porque desea hacerlo, con la mirada de un poeta al que amó, posada sobre el agua,  mientras el mira los labios de una sirena con la que no dejó de soñar hasta que un día perdió algún sentido entre las páginas de un libro sin principio ni fin. Levantan la mirada y descubren que se han visto reflejados sobre el agua… y llueve, llueve con intensidad mientras algunos habitantes de la realidad sueñan que están despiertos.

                  José A. Fernández Díaz        

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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