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23 abril 2014 3 23 /04 /abril /2014 00:57

 

                gabo.jpgRecuerdo que aquella tarde llovía torrencialmente; lo recuerdo bien porque en Caracas la lluvia cuando llegaba lo hacía de manera estruendosa casi siempre… y además por un curiosísimo  hallazgo en  la radio de mi habitación. No sé cómo ni por qué  pulsé el botón de Frecuencia Modulada pero si recuerdo que me encontré con la única emisora que entonces habitaba en aquel extraño espacio estéreo:  “Emisora cultural de Caracas”… Concluía entonces   un programa de música clásica e iniciaban, sin publicidad alguna y en medio de un curioso zumbido de fondo, la lectura de un relato que enseguida me enganchó:  “Un señor muy viejo con unas alas enormes”…

                Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.”

            Así conocí al que sin saber iba a ser uno de mis inolvidables compañeros de viaje… Cuando concluyó la lectura del relato me quedé escuchando embobado la explicación de la locutora y el nombre del autor: Gabriel García Márquez…

                Algún año después al salir del colegio, una tarde gris, en la puerta de una pequeña y vieja librería ofertaban dos libros por un bolívar. Yo tenía dos bolívares y me compré cuatro libros; recuerdo tres títulos: “Perro mundo”, “tu bella testarudez” y “Cien años de Soledad”… este  último estaba en un estado lamentable. Al abrirlo me encontré que los cuerpos del libro estaban cambiados y me ocupé de despegarlos, reorganizarlos,  volver a encolarlos y esperar a que estuviera listo para poder leerlo. Siempre me llamó la atención que en el título la “E” de de soledad estaba colocada al revés. Hoy sé que esa primera edición argentina  salió toda así y que tiene un valor actual aproximado de 200 dólares… también se que es uno de los libros que mas quiero de cuantos tengo y que marcó mi adolescencia y la manera en que me gusta mirar a la vida.

                Para cuando mi adorado profesor de literatura  Carlos Alves, nos habló de García Márquez y además nos invitó a leer aquella novela, yo ya lo había hecho dos veces… y no me importó hacerlo una tercera … “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó  a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro….”…..”porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.   Así comenzaba y así acababa siempre y yo siempre leía como si algo nuevo o distinto fuera a ocurrir entre la primera y la última página… y así era, siempre ocurrían cosas nuevas porque yo iba madurando y aquella manera mía de mirar al interior de aquella maravillosa historia me iba cambiando.

                De Gabo me lo he leído casi todo y he disfrutado de sus gratas locuras y reflexiones hasta perder la relación entre realidad y fantasía. Creo que Macondo es mas un estado de ánimo que un lugar geográfico, así muchas veces me hizo feliz y otras tantas entristecer… “la nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”…

                Hace tres o cuatro  días mientras me encontraba de viaje y  algo aislado de la realidad me enteré de que Gabriel había dejado que fuera otro el que escribiera la fecha de su último día sobre la piel del mundo al que ha hecho feliz…

            “Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.”

            Hasta  siempre maestro Gabo. Yo te seguiré leyendo como la primera vez. Gracias por tanta magia.  

                José A. Fernández Díaz.

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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