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26 junio 2014 4 26 /06 /junio /2014 01:40

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                De pequeño  me entretenía con el ruido de los lápices sobre el papel en un aula ocupada por el miedo. Crecí  un poco y descubrí que algunos hombres y mujeres se habían inventado un mundo paralelo y a la medida de mis sueños y lo habían ido guardando en pequeñas cajas que alguien llamó libros… Aquellos libros eran una suerte de artilugio  dotado de un mecanismo que mantenía unidas un montón de hojas de papel,  ocupadas por historias mágicas y que,  cuando se cerraba,  tenía la virtud de esperar hasta el día siguiente como si nada hubiera sucedido, como si el mundo se hubiera detenido… Las historias, intactas, esperaban a los antojos  de mi tiempo.

                En mi casa había una buena colección de aquellas cajas mágicas.  Cuando fui lo suficientemente mayor como para llegar a las estanterías mas altas, descubrí que se podía leer sujetando el libro con una sola mano…

                Llegó el día en que entendí que algunos libros eran incapaces de entenderse entre ellos. Hablaban de las mismas cosas pero de manera distinta. Lo que para unos era verdad para otros no y lo que para otros era bueno para unos era mas bien malo. Aprendí a creer a quien se me iba antojando y un día comprendí que sin querer me había   construido una ideología.

                Unos años después, un poco mayor,  me entretenía mirando el reflejo del sol que se colaba por la ventana hasta posarse sobre la piel blanca de una pelirroja que no me dejaba tiempo ni paz para leer. De repente la vida fuera de las cajas resultaba interesante. El único problema era que aquella chiquilla de grandes ojos azules me había tomado por loco y apenas se atrevía a mirarme.

                Creo que aquel día en que liberé a todas las ranas atrapadas en botes de cristal y que iban a ser objeto de experimentos mortales  en el laboratorio de biología debí haberme ahorrado aquel monólogo dirigido a la primera rana liberada y que era la mía y a la que había bautizado con el rimbombante nombre de  Clitemnestra. Aquellas palabras y el beso de aliento para que escapara a toda prisa quizá no fueran una buena idea…

                 No fue  aquello por lo que me expulsaron del colegio. En realidad mi actitud iba colmando a los curas y aquellas preguntas que no paraban de abordar mis sentidos perturbaban la paz y el sosiego que, de alguna manera, ilustraba los estatutos de aquella institución… Había evolucionado desde mi posición de pacifico soñador empedernido a la de peligroso romántico revolucionario.

                Decidí no volver a las misas porque mi relación con el llamado señor en mayúsculas  iba de mal en peor. Huía al patio y me perdía en una esquina frondosa donde habitaba Clitemnestra. A ella, a Clitemnestra, dirigía mis dudas y esas extrañas sensaciones que me recorrían cuando observaba a la pelirroja de clase. Creo que fue en aquellas escapadas cuando comencé a escribir breves historias y poesías cargadas de reflexiones contraproducentes.

                Recuerdo a mi padre,  extrañamente orgulloso,  con un puñado de papeles que uno de los curas puso en sus manos como prueba de mi franca decadencia. Consciente de que nada podía ni quería hacer, aceptó la expulsión con una tranquilidad que dejó perplejo a todo el personal de la dirección,  uniformados de riguroso luto,  roto únicamente por el alzacuellos blanco.  

                Nos fuimos  de allí sin prisa. Recuerdo que mi padre se sentó en un banco del patio y se dedicó a leer algunos de mis poemas. Al concluir la lectura me miró fijamente a los ojos y sonrió.

                Al salir  recordé que Clitemnestra quedaba allí. Volví sobre mis pasos y la encontré en su esquina. Me la metí en el bolsillo y volví al lugar donde me esperaba mi padre que leía con curiosidad mis relatos. En el exterior esperaba,  para mi sorpresa,  aquella pelirroja que me quitaba el sueño…

                Nos miramos y sin que fueran necesarias las palabras, ella me dio un papel con su teléfono y yo puse entre sus manos mi rana, un beso en cada mejilla y una larga mirada de complicidad.

                José A. Fernández Díaz  

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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