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22 enero 2013 2 22 /01 /enero /2013 18:02

                  Un objeto, cualquier objeto puede llegar a resultar realmente odioso. Aquella puerta azul, no sé si con el tiempo o por el cúmulo de sucesos que quedaron, muchas veces, tras su vetusta estructura, llegó a cambiar mi estado de ánimo tan solo al cbote-pintura-roja.jpgontacto con la primera mirada.

 

                Paula nunca lo supo. Yo podía haberlo esgrimido en cualquiera de nuestras  abundantes discusiones pero, curiosamente, guardé aquella impresión para mí como si se tratara de un vergonzoso secreto.

 

                Cien veces escuche como, con inexplicable violencia, aquel objeto se clavaba al marco determinando contundentemente el fin de una discusión unidireccional: ella y solo ella contra mí. Yo prefería callar y huir, porque así, dando por terminada la discusión antes podía sentarme a esperar la siempre previsible reconciliación. Aquellas reconciliaciones eran dulces, intensas pero efímeras.

 

                Una tarde llena de luz y desazón decidí precipitar una de aquellas reconciliaciones, para lo cual corté una de las flores más hermosas de mi jardín y decidí dejarla al pie de aquella puerta, tocar y alejarme para volver más tarde. Todo iba bien hasta que volví para verificar que impresión había causado mi obsequio.

 

                Desesperé tras aquella puerta hasta que su voz, desde el interior, me invitó a largarme. Tenía ante mí una vez más aquella puerta que tanto odiaba y ella al otro lado. Aquel tono azul brillante me hería igual que la voz de Paula al otro lado, aunque no menos que la memoria dando un paseo rápido  entorno a todas las cosas que viví con ella.

 

                Por más que lo intenté no conseguí que abriera aquella puerta para poder hablar. Casi ciego e invadido por la desesperación golpee varias veces, consiguiendo únicamente ira y palabras que desde el otro lado bombardeaban, sin fallar, mi pensamiento.

 

                Cuando me alejaba, aquella puerta se abrió rápidamente y así pude ver como arrojaba mi flor y aquella breve carta llena de amor que la acompañó. Pensé en recogerlas  pero me pareció inadecuado. Deseaba que volviera a encontrarse con todo aquello cundo decidiera salir... quizá recapacitara.

 

                Aquella noche apenas pude dormir. Ella lo había destruido todo. Fui consciente de haber construido alrededor de aquella mujer todo cuanto me interesaba ver. Ahora todo se había derrumbado y ya no tenía sentido apuntalar  o aguantar más.

 

                Tomé una decisión. Busque algunas cosas y me puse frente a la puerta azul por última vez. Ella seguramente estaba en su trabajo y contaba con mucho tiempo. No había restos de la flor y mucho menos de la nota.

 

                Destape el bote de pintura roja y enseguida su potente olor invadió el pasillo; coloqué unas hojas de periódico en el suelo, introduje la brocha en aquel líquido espeso y comencé a pintar sobre la puerta que tanto odiaba.

 

                Me esmeré porque deseaba no dejar rastro de aquel terrible azul que aun navegaba por mi memoria. Cuando terminé de extender la primera mano, esperé un poco y comencé con la segunda. Mientras esperaba  escribí una nota con una breve advertencia para que nadie se manchara.

 

                A terminar recogí mis cosas, retiré los papeles y coloque aquella nota que decía: “Advertencia: pintura fresca. No dejarse engañar el mal aún está en el interior”.

 

José A. Fernández Díaz

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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