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27 febrero 2014 4 27 /02 /febrero /2014 01:01

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                Entonces y ahora decir “amigo” era y es una verdadera liturgia inconsciente. 

                Hubo un tiempo en que no habiendo cosas más importantes la amistad lo llenaba casi todo.  Uno no era esposo y tampoco padre y si bien deseaba salvar el mundo, encontrar una cura a casi todos los males, también necesitaba jugar a buscarse un lugar por donde pasear con comodidad. Me gustaba escribir y escribía, me gustaba la música y trabajaba con ella, me gustaba la gente y me comprometí …    

                Comencé escribiendo cartas de amor y compartía con dos grandes amigos mis sueños. Junto con Larry y William, descubrí en un pequeño y entrañable colegio de barrio, dirigido por una anciana inolvidable que llamábamos Señorita Candelaria,  que el amor tiene fases de inconsciencia y de consciencia. Yo me enamoré de Olga, mi profesora de 5º grado. La recuerdo morena, con melena a lo “Ángeles de Charlie”, pantalones ajustados y una hermosa sonrisa. Compartía mi enamoramiento con una Portuguesita llamada Analia. Aquello no era normal pero es probable que mi intención respondiera a las pocas posibilidades que tenía con Olga, mi profesora. Fue Analia la receptora de mis primeras palabras de amor escritas. Creo que yo no llegue a importarle aunque es posible que si hubiera firmado mis notas llegara un poco más lejos. Perdí a Olga cuando superé el curso y Analia se convirtió en un sueño imposible… Recuerdo a Raquel como una buena amiga que me decía cosas parecidas a las que yo escribía. De Raquel me gustaba su manera peculiar de disparar saliva a gran velocidad por debajo de su lengua. Creo que yo le gustaba…

                Un día Larry, William y yo terminamos el último curso en aquel colegio de primaria y por cualquier razón nos volvimos a encontrar en otro nuevo donde pasaríamos cinco años llenos de historias imposibles.  En los primeros cursos no había chicas, solo alguna profesora. Fue al año siguiente de aterrizar allí cuando se fue haciendo mixto progresivamente. Mirábamos de lejos  a las estudiantes de los últimos cursos. Entretuve los primeros años con música, lecturas y amistad. Primero fue Larry. Nos pasábamos el día entero juntos. Recuerdo que cuando iba a buscarme a casa me llamaba silbando como un condenado. Yo vivía en un séptimo piso en medio de una ciudad ruidosa y complicada, pero Larry se hacía sentir. Bajaba corriendo por las escaleras porque el ascensor se me antojaba demasiado lento. Gastábamos la tarde soñando. Luego fue William porque Larry se enamoró de la hermana de un compañero de Clase. Anabel requería su atención. Creo que sentí algo de envidia pero me alegré por él. Creo que con William recuperé mi pasión por la escritura. “Cien años de Soledad” de García Márquez nos dio tanto que hablar y conversar que hoy en día  apenas rozo las primeras líneas del texto y comienzo a recordar. Entonces yo me había ilusionado con una chica algo mayor que yo que se llamaba Feiza. A Feiza dedique algunos poemas torpes y descarnados, alguna sesión de mezclas y muchas compañías de regreso a casa después del colegio… la historia se repitió con Antonieta, con la primera Antonieta de mi vida porque un año después hubo otra a la que llamaban Tony. Entonces escribía y leía con pasión desbordada. La amistad era algo mas que un lugar para divertirse. Un amigo era un hermano que dolía cuando estaba mal y con el que reía como un loco cuando todo iba bien. William y Larry eran piezas imprescindibles de mi vida. Un día William y yo descubrimos que nos habíamos enamorado de la misma mujer.

                Aquello tenía que suceder tarde o temprano. Hablábamos tanto que nuestros sueños llevaban la misma bandera. Aquella morena de ojos negros y brillantes,  de labios rojos como las manzanas se hizo con el corazón de los dos grandes amigos que éramos … terminamos, que curioso,  siendo amigos eternos los tres. William, Fátima y Bam-Bam…

                Una tarde mientras me dedicaba a escribir acostado en un banco del patio conocí a Tony.  Antonieta acababa de llegar al colegio y paseaba su estupenda figura por los espacios comunes llamando atenciones y atrayendo sueños. A mi entonces me gustaba Natasha pero había alcanzado una cima; había conquistado el amor consciente… y con esa tontería terminé enamorado de Tony… Pero no me enamoré porque si, por un antojo tonto. Me enamoré porque ella me dijo ven y yo fui. A Tony le debo varias cosas: escribir casi a diario, valorar la amistad hasta donde no existen límites, varios días de dolores terribles en los testículos, muchas lágrimas y la decisión de abandonar Venezuela junto con mis padres.

                José A. Fernández  Díaz     

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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