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31 marzo 2014 1 31 /03 /marzo /2014 00:36

      reflejo-sol-verde.jpg      Ella buscaba una esencia que pudiera definirla entre tantos perfumes anónimos. De alguna manera se buscaba a si misma.

            De camino al lugar donde el alquimista elaboraba sus esencias,  pensó que no sabía bien como iba a explicar cual era su deseo. Se sorprendió abandonando el coche en un breve descampado y entregándose luego a un plácido camino al borde de un río que discurría tranquila y pacíficamente entre árboles y flores. No conocía el lugar exacto pero según le explicaron, era imposible perderse. Tampoco hubiera importado demasiado perderse en semejante paraíso.

            La primavera despuntaba y aquel lugar era una prueba evidente del grato alboroto de la naturaleza desbocada y determinada a sorprender con la magia del color, la melodía del agua y el canto de los pájaros y los insectos. No tardó en divisar,  entre arboles colonizados por el musgo,  las paredes de un viejo molino. En aquel molino que tenía adosado una suerte de invernadero de madera y cristal, rodeado de flores como todo el entorno, vivía un hombre capaz, según le habían dicho, de crear esencias nuevas y personales. Buscó la puerta y tocó suavemente. Desde el interior llegaba el aroma a chocolate recién hecho. Pronto escuchó como alguien acudía para abrir y, cuando  la puerta se retiró para dejar ver el interior, se encontró con un hombre de una edad similar a la de ella, las gafas colgando a media nariz, el pelo blanco, algo desordenado y escaso pero agradable en conjunto. Antes que con las voces se encontraron con la mirada y ella se sintió terriblemente cómoda. La voz de aquel hombre era serena, la palabra ligeramente reflexiva y las expresiones algo desvinculadas de la vorágine contemporánea. Había algo de poesía en la manera de decir “buenos días” y también en todas y cada una de las cosas que vinieron luego.

            El interior del molino se había convertido en un lugar para vivir donde los libros, los tarros de cristal, antiguas fotos y muebles a la medida de la realidad que los rodeaba, creaban un ambiente apacible, grato e inolvidable. En la cocina hervía el chocolate y cargaba la estancia de una sensación de paz  que terminaba por posarse sobre la piel… Había música, sonaba suavemente un disco que ella conocía bien; “Ainda” de Madredeus. Aquello era un sueño, es como si se hubiera perdido en algún lugar entre la realidad tras abandonar su coche y el lugar donde había llegado…

            -Te apetece un chocolate, un café o un té?

           - Un chocolate, por favor. Me encanta esa música…

           -Es la primavera y también Madredeus.

           -Si, lo sé.

           - Estas galletas las hice ayer tienen canela y un poquito de anís, van muy bien con el chocolate y el rumor del río,  sírvete tu misma, por favor.

           -Me llamo Clara

           -Clara es un nombre hermoso, cargado de significado, yo me llamo José… José como nombre no dice gran cosa pero yo me llamo así y con los años me he acostumbrado.

           - Vives aquí solo?

           - No, aquí vivir solo es imposible. Este lugar donde habito está invadido por la vida, pero solo yo hablo el idioma con el que nos estamos comunicando. Y tu, vives sola?

           - Si, francamente si… aunque rodeada de personas que hablan mi idioma.

           -Buscas un perfume. Por qué no uno de los que existen en las tiendas?...

           -No lo se bien… me han contado que tus perfumes se parecen a las personas que los llevan.

           - Vienes conmigo?...

          Atravesaron parte de la agradable estancia hasta llegar una puerta que al abrirse llenó de luz el interior de la vivienda. Aquella puerta llevaba al invernadero. En aquel lugar las mariposas revoloteaban felices entre plantas y libros, entre frascos y hierbas secas. Había una mesa donde reposaban pipetas, embudos y otros muchos artilugios destinados a crear esencias. Frente a la mesa había dos sillas. El ocupó una e invitó inmediatamente a que ella lo hiciera con la otra. Estaban frente a frente.

                -Mírame a los ojos, por favor … en silencio y con sinceridad. Vamos a construir una esencia para ti.

                Después de unos minutos, curiosamente gratos, de mirada compartida,  pidió cerrar los ojos y respirar lenta pero profundamente tras las indicaciones. Ella feliz obedeció. Tomó un pequeño frasco de color ámbar con una etiqueta manuscrita y con un gotero extrajo unas gotas de aceite que dejó caer en otro frasco nuevo, luego hizo lo mismo con otros dos frascos. Agitó la mezcla y acercándola a la nariz de su clienta rogó que respirara profundamente…

                Ella lo hizo una, dos y tres veces y lo hubiera hecho toda la vida si no fuera porque su memoria se había ido de viaje al pasado. Sonreía y gozaba de una felicidad perdida en la infancia.

                -Me gusta, me gusta muchísimo.

                -Puede, pero aún no eres tu… debemos continuar.

                Volvió a su lugar de trabajo, tomó tres frascos mas y, tras respirar brevemente el contenido de cada uno fue determinando cuantas gotas precisaba de uno y luego de otro. Al final agitó la mezcla y metió un trozo fino de cartulina que terminó teñida de amarillo hasta la mitad… dejó que secará y se la ofreció al olfato de aquella mujer que aún disfrutaba del reflejo de la última cata. Respiró y enseguida rompió a llorar con los ojos cerrados.

                -Gracias, gracias por recordarme el olor de mi padre. Es este mi perfume?...

                -Si pero aún faltan cosas. Eres feliz?

                -Si aunque lo que ahora llega a mi memoria debería hacerme entristecer.

                -No somos un solo episodio… la vida es compleja y es cosa nuestra descifrarla.

                Apuntó sobre un viejo cuaderno los avances de su fórmula. Dos y hasta tres veces agregó y ofreció para catar el fruto de sus mezclas. Poco a poco las sensaciones se hacían mas intensas y el frasco se llenaba con lo que bien podría ser el  compendio  de las sensaciones que pueblan una  vida concreta.

                Mientras hacía las últimas mezclas ella no pudo evitar suspirar profundamente y preguntar:

                -Cómo lo haces?... Cómo eres capaz de revolver en mi memoria de esa manera?...

                - Te he mirado a los ojos, me has dicho cosas que yo voy encontrando en mis aceites y solo las ordeno a medida que tu reaccionas. Eres tu quien lo hace.

                Tapó el frasco tras completar la fórmula, sacudió rítmicamente y con un gotero extrajo una gota que dejó caer sobre la muñeca de una de las manos  que tomó con mucha dulzura… Apenas  fue necesario acercar la mano para percibir  toda la intensidad de aquella deliciosa esencia.

                Había escrito en la etiqueta dos líneas breves mientras ella lloraba, reía, suspiraba…

                -Si quieres puedes abrir los ojos.

                Al abrir los ojos fue consciente de que la noche limpia y estrellada se dejaba ver a través de los cristales del invernadero, de que ya no había mariposas pero si el rumor del agua y el de la paz conquistada. Una luz sobre la mesa alumbraba una fórmula que aquel hombre había llamado “Clara”.

                El la acompañó hasta el interior del molino en silencio y antes de que ella pudiera decir nada el puso entre sus manos un frasco sencillo con la etiqueta manuscrita que no fue capaz de leer. La acompañó en silencio hasta el coche alumbrados por una vela atrapada en el interior de una hermosa caja de hierro y cristal. Se despidieron. Ambos dijeron gracias.

                En la  etiqueta había escrito “  Te quiero”

                José A. Fernández Díaz

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