Te soñé dormida sobre la piel fragante de un melocotón. Desnuda como cuando hacíamos locuras transversales o el amor lineal, abrazados para no huirnos. Adoradores de de las persecuciones entre paraísos resucitados de entre las piezas sueltas de sueños ajenos y propios…
Nos resucitamos una noche de primavera, bajo la innecesaria luz de una vetusta farola. Una de esas que dejan caer un aura triste, sobre el gris intenso, con tendencias a negro, que avanza entre las cosas. Había algo de plagio en aquella imagen nuestra; pero apenas teníamos dos culpas: una tuya y la otra mía. Resignados, gravados por la culpa, bebimos de los besos, tan iguales a los de anteayer, que se nos antojó el tiempo plegado sobre sí mismo y los días como si no hubieran sido. Bebimos e las palabras a medio decir, a medio imaginar. Nos continuamos como historia común, sin dejar sitio para la vida propia.
Te seguí soñando entre líneas frescas y efímeras de lluvia torrencial; de algo así como música para amasar pan y hasta esperanzas. Te seguí soñando hasta rozar el colmo con la punta de las ganas.
Recuerdo cuando nos pactábamos como paz y recurríamos a las guerras de besos entre trincheras, hasta vencernos, para dejar de ser batallas pautadas o sonetos a media luz… o palabras sin terminar, por falta de presupuesto.
Te sueño tantas veces, que tantas veces como te sueño, se me despiertan las ganas que nunca duermen, que nunca dejan de estar; y no sé si realidad es una palabra justa, porque ya no la quiero para nada.
Desterradas las horas, como medida de las cosas que comienzan y terminan, me gusta revolverme entre la medida insustancial del ir y venir de los días … si no quedan alternativas: la paz es un nosotros que solo hace preguntas de atrás con destino al presente.
Si bien nos pienso, hago trizas las aristas cortantes de alguna primitiva manera de no dormir. No dormir es no soñarte; no dormir es seguir viviendo con el aire y la luz que contiene a los otros. No dormir es no parar de escribirte, no estar para otra cosa. Soñarte tiene algo que la vida ha dejado de ser para mi.
José A. Fernández Díaz
