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16 mayo 2017 2 16 /05 /mayo /2017 22:30
Imagen encontrada en internet

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     Tocó volver y volvió...

    Cuarenta años atrás aquella ciudad, aquel país, se quedaron atrapados en un promesa constante; y es que la realidad contada por quien tiene el poder de cambiar las cosas no suena igual que cuando lo hace quien solo sueña con la utopía.

     Si bien la realidad de aquel país no se podía explicar desde el odio entre unos y otros, o desde las noticias manipuladas igualmente por los unos y por los otros; algo de ese elemental rasgo humano había alcanzado la condición de culpable. El odio, el reproche, el insulto… la violencia en toda su extensión, se habían hecho con el día a día de las calles. El mundo de las ideas y de los ideales poco tenía que ver ya con aquella triste realidad. Pervertidos los ideales, tergiversadas o distorsionadas las propuestas políticas, apenas quedaban salidas dignas.

     ¿Cómo explicar que no es la idea , aferrada a la ideología, la que ha provocado el mal?...¿Cómo explicar que han sido los hombres…algunos hombres?.

     Cuando dejó el país en el que había estado buscándose dese los veinte años, con destino a aquel otro en el que se aprendió como soñador de mundos justos, llevaba en la memoria instantáneas de lo que las cosas y los lugares fueron… de cómo era la vida, el día a día, las personas y el color de la esperanza. Tenía miedo de no ser capaz de reconocerse como el que algún día fue parte de aquel paisaje o, a lo peor, de no reconocer el paisaje que dejó atrapado en la memoria.

     Nada está quieto. La realidad social siempre tiene prisa por llegar o por huir… Aquel país era más realidad social que muchas otras cosas y tenía mezcladas las prisas por huir y por llegar. Todo había cambiado la parcela de vida que él conocía… Todo había cambiado el todo que él esperaba encontrar.

     Las ciudades son animales inquietos que pueden enfermar de desilusión y desesperanza. Tienen el ánimo de quienes las habitan. Se mueren si se mueren las ilusiones de quienes pueden decir “buenos días”. Son seres vivos que solo laten cuando la vida hace falta.

     Había vuelto algunas veces; algunas lo había hecho; pero nunca hasta mirarse a los ojos con la realidad contemporánea, con lo tangible. Había vuelto con fotos, vídeos, audios… historias de papel; pero no a pie, con todos los sentidos entregados.

     Llevaba, siempre, entre las piezas de su breve equipaje una novela, entre muchas otras, una, cualquiera, que contaba un momento en la realidad de uno de esos países por debajo del ecuador … “País portátil”, de un estupendo escritor venezolano, Adriano González León. Aquella era una historia que había leído forjando la suya; tal y como había hecho con “Rayuela” de Cortázar, “Azul” de Dario, “La casa Verde” del joven Vargas Llosa o la inolvidable “cien años de soledad”…

     Alguna vez, después de tantos años, había recordado la última de las palabras de “El coronel no tiene quien le escriba”, y se la había llevado a la boca para vaciarse “Mierda”… “Mierda”… “Mierda” … una y otra vez, siempre como la primera. Y es que la vida, si te la tomas al pie de la letra, te da oportunidades para descargar la rabia a través del verbo.

     Para cuando volvió encontró que la ciudad, el país donde comenzó a conocerse, se había ido a otra parte. Los hombres cegados por un impulso atávico, desdibujaron la huella férrea de lo que fueron, borraron el camino de regreso a lo que querían ser y se perdieron para siempre en la mas puta de las disputas por encargarse de ser poder…

     Para cuando decidió estar otra vez, descubrió que nunca había estado allí; que aquella peripecia absurda entre falaces chispazos de memoria y malolientes vaharadas de la nueva realidad no tenía sentido excepcional, distinto tal vez a la indiscutible decisión de suicidar la memoria.

   Caminó por las calles irreconocibles conteniéndose, víctima de una súbita implosión emocional. Intentó respirar el aire de aquellos días, sentir el calor, la luz, el color… Temió haber traspasado para siempre un límite sin camino de regreso, haberlo perdido todo. Aquello no era, no podía ser su viejo país, aquella calle no era su calle …no, hasta que a lo lejos se encontró con las piedras manchadas de miserias verbales, de encendidas frases, la fachada de su facultad, de la universidad donde se dejó seducir por las ideas que aún llevaba puestas…

    Entonces, otra vez, una vez más, vomitó desde el pensamiento vacio de esperanza y el estómago a reventar de miedos aquella última palabra…

     Mierda…mierda… mierda…

     José Angel Fernández Díaz

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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