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6 marzo 2017 1 06 /03 /marzo /2017 01:04
Imagen encontrada en la red

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          Entre una vez y la otra mediaron, probablemente, dos cambios de gobierno, inútiles cambios, un centenar de temporales, ocho primaveras y los mismos otoños… ocho años a rebosar de nostalgia.

           Bajo la última lluvia, antes del regreso, se prometió, él se prometió olvidar para siempre y, olvidó para siempre mientras pudo; mientras los recuerdos no fueron nuevos.

          Para cuando ella volvió, habían florecido las esperanzas y el otoño avanzaba camino del invierno. Había vuelto a escribir. Un día encontró los pasos perdidos sobre un inquietante folio donde, ocho años antes, había escrito a mano un rotundo “volveré”.

          Volvió con una breve historia donde un reloj, villano, decide cambiar el sentido de giro de sus agujas y hace de la vida un disparate vuelto al revés. Es ligeramente feliz, un poco feliz, cuando consigue encontrar un final sin que apenas aparezcan víctimas. Un poco feliz, como medida alternativa a la mucha tristeza con la que había aprendido a vivir.

          Antes de aquel largo silencio hubo ruido, música, luz…

       Ella apareció una tarde de primavera. Apareció como si fuera primavera, pacífica y generosa en sonrisas y, coincidió con él en la terraza poco poblada de una cafetería. El dibujaba; con pocas ganas de escribir o poco que decir, dibujaba atenazado por una extraña costumbre, líneas y curvas sin demasiado sentido. Casi siempre semejante delirio geométrico lo llevaba a la inspiración. Curioso mecanismo de reconversión.

          No tardaron en encontrarse e intercambiaron un breve y conciso saludo. Era sin duda, la primera vez. Nada hubo en común antes de aquella tarde. Nada compartido, nada que los hubiera reunido en un mismo espacio temporal.

          -Hola.

          -Hola – contestó él, con la sensación terriblemente incómoda de que faltaba algo.

         Ella aún sonreía mirando al fondo de la calle. Pronto volvieron a mirarse y fue entonces cuando, poco antes del anochecer, descubrieron que por alguna razón estaban obligados a conocerse. El tiempo se quedó con el detalle de quien acudió a la mesa del otro. Pero lo cierto es que terminaron en una misma mesa donde el café fue sustituido por vino y algo que picar entre risas y susurros, un poco de vida contada a cachitos , reflexiones sobre la inexplicable contemporaneidad y quien sabe si mas de tres o cuatro sutiles y frágiles mentiras.

         -¿Eres pintor? – pregunto ella, a la vista de la libreta donde él había estado ilustrando sus lagunas, los silencios de su espíritu creativo.

         -Si –mintió apenas-, pinto cuando estoy inspirado. Pinto la vida que veo y la que imagino. Hoy la vida se está buscando y yo ensayo…

          Terminó mintiendo en gran medida y jugando con la verdad al mismo tiempo. El escribía y describía la vida tal y como se la iba encontrando y para hacerlo mas o menos bien, precisaba mirarla a la cara. Apenas era capaz sin modelo.

        Mintió apenas o mintió mucho, porque no quiso imaginar que ella estaba dispuesta a posar. Pensó que a ella le hubiera gustado saber que él era pintor … y fue pintor para ella.

         La vida tiene tantos rincones que, para quien la ha andado con despiste un buen puñado de años, resulta fácil dejarse horas y hasta días, haciendo mapas con el camino de regreso. Así, ella y él, contaron el uno a la otra y también al revés, esas cosas que llamaron atenciones a lo largo del camino. Decidieron dejarse conocer desenredando la madeja del pasado.

       Ella era vital, alegre, inquieta, intensa y reflexiva, incansable y grata… atractiva y tácitamente asequible… ¿tácitamente asequible? Si, como la luz de la primavera.

         El tenía la consistencia de una construcción delicada y algo imprecisa, un amasijo de soñador a tiempo parcial y recurrente submarinista de secano. Un desastre sin mas y sin otra cosa que el complejo ritmo de sus despistes para ofrecer como alternativa a las noches de insomnio.

         Llegó el día en que él descubrió, sin que apenas importara, que aquella mentira con la que quiso no resultar decepcionante, lo había llevado a un camino sin vuelta atrás. Ella, ilusionada, quería que él la convirtiera en uno de sus cuadros.

          El quería dibujarla, quedarse para siempre con aquella imagen, pero con palabras…

         José Angel Fernández Díaz.

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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