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6 enero 2017 5 06 /01 /enero /2017 19:35
Un día cualquiera… sin ropa interior.

         De tanto intentarlo, acabará atentando contra el principio de sus finales… luego pulsará el detonador de la potente carga de ideas perdidas, para hacer trizas los girones de lo poco que ha ido quedando. Luego la nada y, poco más?...

        Escuchaba, como debe ser, el thunderstuk de AC-DC con un volumen casi infernal cuando se le antojó ir a mirar en la nevera con la esperanza de que, por generación espontánea, hubiera aparecido alguna cerveza… Tras un abrir y cerrar, tan breve como el aleteo de una gaviota huérfana del todo, concluyó que era hora de ponerse los pantalones y bajar a buscar provisiones. Otra alternativa era escribir en alguna de las paredes su testamento y dejarse morir de hambre y sed … por desidia. Puede que alguien lo hubiera condenado por suicido premeditado sin meditación previa o extremo abandono del compromiso con la especie a la que había pertenecido cuando salía a la calle con ropa interior bajo los pantalones.

        Todo fue resignación y agónica búsqueda de ropa que ponerse, sobre la piel herida de desazón y cansancio injustificado. Cuando encontró algo que asomaba por un lado, bajo el sofá, tiró con miedo a encontrarse cara a cara con algún otro ocupante de aquella colección de paredes tímidamente ordenadas en ángulos perfectos y colores mas vivos que su sexo olvidado. Resulto ser una camisa vacía, atada a un pantalón corto y un calcetín que asomaba por uno de los bolsillos y otro que se dejó ver, colgando, peligrosamente colgado, del borde último y definitivo de un horrible florero del color de la mierda madurada al sol. En los límites de la cocina se encontró con unas chanclas algo anacrónicas y sin embargo atemporales como las bragas de color carne. Hubiera dado algo por unas … aunque se inclinaba mas por los tangas de leopardo.

        Hizo cuanto pudo para conjuntar aquellos pingües recursos pero prefirió…optó, por no mirarse al espejo, el mismo sobre el que había vomitado una o dos veces en algo menos de una semana. Mala semana para traspasar espejos y otras lindezas. La verdad, había dejado de estar para cuentos de hadas y otras milongas envenenadas, desde que cumpliera los cuarenta y cinco; suceso que se remontaba al lunes o martes de la semana pasada…

         Tomó un caramelo de eucalipto de su frasco de caramelos de eucalipto (para cuando no tiene ganas de lavarse los dientes), y lo mondó como si de un plátano se tratara. Si no fuera por el miedo a la deshidratación se hubiera planteado sobrevivir a base de aquellas pequeñas piezas de intenso sabor forestal… ¿Cuántos eucaliptos es preciso sacrificar para dar vida a una docena de caramelos?... Presa de una mezcla inexacta de lágrimas y rabia, mordió con furia aquel objeto que llenaba su boca de frescura y sensación de limpieza profesional, hasta hacer de la culpabilidad un sentimiento residual.

         Dinero, necesitaba dinero o algo parecido. Tenía una tarjeta y un par de estampitas de San Judas Tadeo… también un almanaque de esos que por un lado tienen los doce meses del año y por el otro una señora con vestimenta propia y adecuada para los calores del verano, pero tristemente despojada para los grises otoños y los injustos inviernos...también los datos de su ferretería de confianza. Con aquello se fue a probar suerte. Lo primero que hizo fue perderse entre el sexto y el cuarto piso. Hubo un momento en el que no sabía si bajaba o subía. Había perdido el norte pero, por ventura, aún gozaba del buen aliento que había conseguido con sacrificio ajeno.

         En la tercera planta se encontró con Aurelia. Aquella mujer era su paraíso perdido, su amor platónico de verano, era la madre de los hijos que jamás hubiera querido tener… era algo triste y un poco reguetonera, pero a el, que era terriblemente enamoradizo, le apasionaban sus lentejas y esa manera tan erótica de freír las croquetas congeladas. Ella adoraba a José Donoso, pero el nunca fue capaz de confesar que no tenía la menor idea de quien era y a que se dedicaba. Aurelia leía con una voracidad que había hecho de su casa un jardín lleno de sueños.

      Se miraron y ella manifestó su alegría preguntando de dónde rayos había sacado semejante combinación temporada otoño-verano. El no fue capaz de entender a que se refería y se limitó a sonreír con cara de hambre.

       Cuando ella dijo ven y toma lo que te apetezca, el no quiso pensar en sexo. Ella tampoco… Comió y bebió hasta vomitar… luego volvió a comer y se echó una siesta en el rellano, con la cabeza abandonada sobre el felpudo de la entrada de la vecina de al lado. Aurelia tomó un pack de seis cervezas y con una gran dosis de amor se lo ató al tobillo con un pañuelo de color lila.

         Durmió, satisfecho, algo mas de dos horas hasta que la vecina a la que pertenecía la puerta y el felpudo, asustada por los ronquidos, abrió y gritó un fuera de aquí en mi mayor…sostenido. Despertó confundido y agitado, tanto que se levantó sin percatarse del regalo que llevaba atado a su tobillo, de tal manera que, cuando vió salir disparadas dos botellas de cerveza escaleras abajo se lanzó al rescate, precipitándose sin remedio al mas rotundo vacio nihilista, tras verificar que, por rescatar dos, acabó con cuatro chorreando escaleras abajo, cual maná insólito de las lágrimas de algún dios herido… Resbaló en el liquido espumoso y solo sabe dios cuanto hubiera agradecido, de haber sobrevivido, la muerte súbita tras tan terrible suceso.

        No, no iba vestido para la ocasión pero, en su favor, es preciso decir que no tenía previsto morir por amor…

         José Angel Fernández Díaz

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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