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25 mayo 2016 3 25 /05 /mayo /2016 23:17
Imagen encontrada en internet

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                 Apuré rabias y odios  con la última calada que di a la atmosfera imposible de la ciudad  que me expulsaba. Me fui feliz, sin otra cosa que  un ridículo puñado de munición para matar sueños y dos o tres historias de crepusculares muertes súbitas con irremediable resurrección…

                Se me terminaron las ganas y me hice con un par de alas para volar  entre semana… pero ni así.  El cielo de algunas ciudades no está hecho para otra cosa que la monotonía.

                La monotonía como moda explica  a un dios con poca imaginación o cansado pero  no se si existe camino para seguir o no. También explica que dios no está y si está, está apagado o fuera de cobertura… Entre el cielo y el suelo  de aquella ciudad aprendí a depender, sin duda, del mi mismo que me llevé atado a la maleta  y, sin nada mejor a mano, concentré todas mis fuerzas  y esperanzas en el hombre  del espejo; el mismo que se afeitaba conmigo.  

                Mi primer jefe era jefa; pero, pese a tantos años de lucha feminista, exigió que respetara el cartel de la puerta… Discutir yo?. Para estas cosas tengo cierta  capacidad, capacidad  para la sumisión… no es mi problema.

                En el trabajo la competencia es una constante. Parece que el espíritu de la empresa  es el ser campeón de algo y solo falta la banda sonora adecuada. La competencia había desterrado la amistad; pero,  a pesar de todo, descubrí allí a alguien dispuesto a romperme el corazón  a cambio de alguna que otra ración de sexo  sin mas. Sucedió en el descanso glacial e impenetrable. Cada uno a lo suyo mas o menos igual que cuando  las máquinas hacían feliz a la producción.

                Ella se llamaba Aurora… Aurora y hacía que fumaba empleando uno de esos absurdos cigarrillos electrónicos. Se me acercó y,  sin que me importara demasiado, comenzó a saber de mi. No soy hermético, no, simplemente porque no soy nada que no sean los otros  y de mis profundidades se ocupa, irremediablemente, la medicación y algunas veces el alcohol.

                Le conté casi nada de lo que quería saber y,  para compensar,  me interesé por todo lo que no me importaba… Parece que aquella estupidez circular era lo que ella esperaba y lo que me apetecía mas bien nada.

                Concluimos la jornada  y nos encontramos en su cama poco después y con apenas un par de cervezas en el estómago y un torrente de palabras vacías aderezadas con gestos inútiles.

              Aquel día de otro día, aquella otra noche,  me cambió por el gimnasio y yo por el techo y el suelo de mi habitación  junto con alguna fugaz huida de mi mismo con dirección al infierno de las pesadillas  y sueños recurrentes.

              Decidí amarla. Lo decidí,  fiel a uno de los resortes que empujan mi mecanismo de autodestrucción. Había pocas cosas en aquella vida suya que se parecieran a mi caos… Pero, un día, un sábado por la tarde, me senté al pie de la puerta con un par de rosas y dos latas de cerveza. Ella tardaba y, sin otra cosa que hacer, busqué en mis bolsillos  hasta dar con mi lápiz. Escribí en la pared blanca  a ambos lados de la puerta cerrada.  Escribí en prosa las instrucciones para construir un sentimiento y las precauciones para impedir que se convirtiera  en cristal roto. Emplee mi mejor caligrafía y mis mejores verbos, pero justo cuando me disponía a descender hasta el final, escuché en algún lugar de mi estructura un pitido de emergencia …

              Como cualquier máquina, mi carga de energía estaba llegando al final… entonces en mi memoria saltó aquel mensaje: “enchufe el cargador… batería baja”.

              Sabía que era el fin, pues, dispuesto a terminar con todo había renunciado al cargador, tirándolo un puñado de días antes  a las mandíbulas  de una de las máquinas de la empresa a la que no volvería jamás…

              José A. Fernández Díaz.   

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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