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2 diciembre 2015 3 02 /12 /diciembre /2015 01:14
Alicia y el hueco inaccesible. (parte 2)

                Alicia puso imágenes a la música  de Bach y lo hizo una tarde que llovía a rabiar. No sé como fuimos a parar a una vieja casa en medio de un mar de verdes y el sonido puro de la vida alrededor.

                Nos leímos a Baudelaire. Hicimos de sus flores del mal, el relato mas aproximado a nuestros días vividos juntos. El libro estaba allí, en aquella casa y ella lo conocía bien, igual que la música que había en la sala. 

                Me gustaba verla pasearse desnuda con un vaso de vino en la mano. Recuerdo que escribí, con un rotulador indeleble, una sutil frase sobre su piel. Lo hice alrededor de su sexo pero el tiempo la borró de mi memoria.

                Con su frase tatuada se paseaba por la sala con ganas de volar… algunas veces improvisaba  pasos y giros que me llevaron a preguntar  si en su pasado tenía gravado el paso por alguna escuela de danza clásica… No hubo respuesta. A mis semejantes preguntas nunca hubo respuesta. Para compensar, aquella vez, se acercó y posó en mis labios un beso con sabor a chocolate.

                Aquello era una locura, un sueño que no paraba, una sorpresa permanente. Aquella mujer hacía de la vida un inexplicable acto de egoísmo y aislamiento. El tiempo que pasábamos juntos era tan solo para nosotros. Nunca hubo nadie mas  y sin embargo , con ella era suficiente para que la vida estuviera colmada.

                Pasábamos días enteros juntos. Leíamos, hablábamos, hablábamos y leíamos  y rendíamos culto  a Baco y Eros sin proporción ni mesura.

                Para cuando volvía a casa se me antojaba siempre haber tocado el fin de un sueño y pensaba con obsesión en volver a dormir en su mundo y quedarme en su piel.

                De ella, de Alicia, sabía que tenía un par de lunares, la piel suave y las curvas vertiginosas. Un sexo habido y agradecido, cultura para compartir, gusto por lo simple, complicada en las perspectivas… Sabía todo eso, que no era poco, pero nada mas. Alicia no tenía historia, origen o futuro apreciable. Alicia era presente en mayúsculas  y yo habitaba allí, a su lado, cuando ella quería que sucediera.

                No había nada al otro lado del espejo de esta Alicia. Nada que ella me dejara ver. Era la reducción de la complejidad a la imagen que nos devolvía el espejo. Era un laberinto que iba de ella a ella sin pasar por ninguna parte, circunstancias, parentesco, anécdota, nombres próximos … No hablaba de amor … lo hacía simplemente. Hablaba de piel invadida, colonizada, conquistada, disfrutada. De sexos atrapados en su propia aventura.  Hablaba de Baudelair, mientras me acercaba una copa de vino con la marca de sus labios.

                Solo pensaba en su piel y en decir “te quiero”. Pero decir te quiero estaba prohibido. Alicia no quería ser amada con palabras y rematada con nada parecido. Alicia quería ser querida con la piel, sin poner nombres, con las ideas, con la razón. Y yo sentía crecer las palabras prohibidas en mi interior. Sentía que no las podía contener . Yo la amaba con la piel y con las otras palabras pero ahora necesitaba decirlo, escribirlo, gritarlo.

                No podía decir la verdad. La verdad era una herida abierta y la cura no estaba en el silencio porque me moría poco a poco…

                El vacio llegó una tarde de domingo, hermosa con locura, cuando el curso en la universidad llegaba a su fin. Ella, Alicia, despertaba de su siempre breve siesta y lo hacía con tanta música y tanta poesía que en mi larga desesperación, no pude menos que dejar atraerme por su piel y recorrerla de sur a norte, llevándome sabores y sensaciones  en la boca y en la mirada. Rozamos juntos la locura  y aquella vez, aquella tarde, no pude parar, no supe contener mis ganas, aquel deseo mío de decir y lo dije bajito al oído…

                No hubo respuesta, si  un sutil estremecimiento pero nada mas. No en aquel momento, no en aquel instante. Aquella noche al despedirnos,  terminé pensando que el beso había sido demasiado largo y me extraño el “adiós” que se deslizó entre las manos que me costó soltar.

                Fue la última vez que vi a Alicia. Rompió a llover, aquella tarde, tras el largo beso y el adiós definitivo. Rompió a llover con estruendo y  monotonía. No llovía para estar con Alicia. Llovía para estar sin ella, sin poesía, sin música… llovía como si el mundo estuviera sembrando su final.

                Tardé en comprender que,  a pesar de todo, haber sido tan estúpido como para rozar su inaccesibilidad, fue un acto de valor. Tarde o temprano, ella lo sabía, aquello iba a suceder. Alicia estaba hecha para historias pasajeras  y por eso inolvidables…

                José A. Fernández Díaz    

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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