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13 agosto 2015 4 13 /08 /agosto /2015 01:17
Fotograma de "In the moon for love"...

Fotograma de "In the moon for love"...

                Me costaban tanto los finales que irremediablemente me dejaba llevar por la corriente hasta desdibujarme en algún mar.

                Alicia siempre volvía en verano, siempre; pero nunca era aquella  Alicia de ojos negros y brillantes  de la primera vez ni tampoco la de la última… Cada verano una nueva Alicia habitaba en la piel de la mujer que me había enseñado a soñar escuchando el  mar.

                Se traía, Alicia, la esencia de los lugares en los que había estado y poco a poco,  sin remedio, me reconocí encarcelado entre las paredes de aquella libertad suya y las de mi prisión aceptada. No sabía si la iba perdiendo, si la había perdido o si de tanto volver me juraba sin palabras que, a pesar de todo, era mía para siempre.

                Del último verano me queda la imagen de Alicia sentada en la arena, esperando la noche, la piel entretenida con la puesta de sol, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, las palmas de las manos mirando al cielo, la voz suave e inolvidable entonando una suave melodía susurrada y el cuerpo regalado en su hermosa desnudez  al ir y venir del mar… también el nuevo perfume de la piel que amé desde  que nos amamos por primera vez y un tatuaje de camino a su sexo,  en el que una sutil rosa  comenzaba a asomar poco a poco y año tras año un poquito más.

                Recuerdo cuando aquel rosal era un breve tallo enraizado en el lugar donde se aloja el centro del placer y donde me perdía como si no estuviera loco. Desde la primera vez han pasado quizá diez veranos y aquel rosal se ha ido haciendo con el jardín de mi recreo y ha florecido tímidamente.

                En realidad el pueblo se me iba haciendo pequeño y si no fuera porque soy muy bueno para inventar excusas que contarme a mí mismo, hace tiempo que hubiera huido. Entretenía mis días o la parte de mis días,  ausente de obligaciones,  en leer y disfrutar del cine. Al final la vida de los otros llenaba las ausencias de la mía. Decía Alicia que yo era esencialmente aventura interior, un hombre de acción íntima y luego me plantaba un beso con sabor a sal o piruleta y un te quiero susurrado lentamente y en mayúsculas.

                Me gustaba escucharla describir la peripecia de sus días, aquellos en los que yo no estaba  y contarme paisajes que yo había conocido a través de mis libros y películas y de los que le hablaba en mis numerosas cartas.  Teníamos un juego curioso y casi mágico en el que yo descubría lugares donde nunca había estado para que ella, por la razón que fuera y no sé bien como terminara visitando…

                Aprendí a conformarme con una carta suya de cada treinta mías. Lo cierto es que yo tenía tiempo y si bien poco que contar de la vida vivida en realidad, mucho que dibujar  de las huellas que el cine y la literatura iban dejando en mí. Luego ella se traía olores y sabores de los lugares donde nunca  llegué a estar.

                Desde la última vez  que nos vimos, desde el último verano, me dio por encontrarme con frecuencia con la magia y la sutileza del cine asiático. Ella estaba al otro lado para leerme y tal vez contestarme. Si alguien, yo mismo, tuviera la feliz idea de preguntarme cómo era su vida entre el final de un verano y el inicio de otro, no sabría decir absolutamente nada. Sus cartas dejaban entender que había estado ausente y puede que hubiera vivido temporalmente sobre la piel de mis sueños.

                Este verano me encontré con que mi Alicia se había hecho más mística que nunca, adoraba la comida japonesa  había dejado el café por el té verde y para cuando nos amamos me sentí idolatrado por una sumisa mujer que dibujaba flores en el aire con gestos que acariciaban el aire.

                No sé por qué se me ocurrió preguntar dónde había estado este invierno… nunca antes lo había hecho. No contestó inmediatamente. Solo me miró  y me beso en las manos primero y luego sobre los labios que aún vibraban con mi pregunta torpe e innecesaria. Terminó por contestar tras un silencio largo y plagado de caricias…

               -He estado donde tu has querido que estuviera.

               -No te entiendo – contesté perplejo-

               -Lo sé, sé que no me entiendes y es que no te he contestado para responder a tu pregunta sino más bien para rogarte que no me hagas más.

              No hubo más palabras... Me volví loco acariciando los pétalos de sus rosas casi terminadas y enterrándome en el silencio de sus raíces. Al besar los labios salados  que tanto había extrañado, encontré que sobre su piel se había posado el perfume que quise imaginar  mientras disfrutaba mirando por enésima vez a la hermosa protagonista de  “Deseando amar” de Wong Kar Wai …

             José A. Fernández Díaz.     

 

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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