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24 febrero 2015 2 24 /02 /febrero /2015 00:30
Imagen encontrada en Internet.

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                 De aquella mujer me gustaba esencialmente su manera de decir no. Decía no como si estuviera diciendo si,  solo que con agradables y dulces efectos  definitivos. Tenía una mirada dulce y viva, capaz de derribar postulados a golpe de un abrir y cerrar de ojos o aquel  súbito guiño del que solo ella era capaz.

                Creo que cuando nos conocimos la vida ya me había enseñado a titubear y, sin duda, a soñar despierto delante de realidades inalcanzables y detrás de algún que otro adiós por cansancio. Supongo que tenía como virtud un defecto de manual… que ciertamente,  entre los muchos defectos que me había ido apropiando a lo largo de los fríos inviernos, pasaba más bien desapercibido… Yo era un triste y un pesado cargado de buenas intenciones y exageradas aspiraciones.

                De aquella mujer aprendí que amar no es lo mismo para el que va que para el que vine. Yo iba y ella venía y en el camino la miré con pasión, ella me miró con curiosidad científica, nos miramos en definitiva y hablamos… es cierto que no acerté a dar la hora adecuada pero no tenía otra. Mi reloj es un espíritu libre que se quita la vida con frecuencia… Había muerto una o dos semanas antes y la fortuna quiso que lo hiciera hora y media antes de la hora en que ella se interesó por mi capacidad para ilustrarla sobre el paso del tiempo y más concretamente sobre el instante mismo en que nuestras voces se encontraron…  Definitivamente, aquello no había empezado bien… Lo había hecho con retraso. Por eso, supongo, cuando nos volvimos a encontrar uno o dos días después me miró con algo de lujuria diluida o rabia contenida… preferí pensar que se trataba de la primera hasta que me lo puso muy claro. Había llegado tarde a no se qué cosa de una oposición. Y qué, ya habrá otra la semana que viene. Parece que no,  según pude oír alto y claro entre gritos…

                Nos tomamos algo; ella un autobús y yo una sopa fría. El destino quiso que, con el tiempo, nos volviéramos a encontrar. Llamo destino a mi manera de esperar sentado en los bancos del parque, aun bajo la lluvia. Bajo la lluvia es un destino algo más húmedo pero no deja de ser destino. La vi pasar una docena de veces sin ser capaz de acercarme hasta que un día, cuando me iba a casa, pisé la hoja de una revista del corazón, “hola”, para más señas y salude tan de cerca al duro, frío y húmedo suelo que, tuve intención de repetirlo para que dos jovenzuelos apostados con sus teléfonos pudieran gravarlo. No pudo ser porque de todos los sentidos que tengo, que no son pocos, se impuso el del ridículo y cierto dolor inexplicable en el sur de la espalda, antes de llagar a la derivación donde nacen los muslos y que en Nebraska y Papúa  conocen como Culo…  Ella pasaba por allí poco antes,  por eso volvió sobre sus pasos cuando me vio y también para recuperar la página de su revista. Aparecía una chica sin defectos a la que dedicaban una resbalosa e inmensa foto a toda plana. Nos miramos, miramos la página malograda, la despegué del suelo y se la ofrecí, choreando, desde mi latitud sur… No la quiso… dijo no con contundencia y recuperó su marcha. Me levanté con dificultad, corrí tras ella y compré una nueva revista por el camino. No quiso hacerme caso y desapareció en su portal. Yo me quedé sentado en las escaleras sin saber que hacer. Terminé por leer aquella revista que luego utilice como manta. La noche fue larga e intensa. En mis sueños se confundían los sucesos del día anterior, las imágenes de la revista y sus ojos ilustrando aquel primer no… No en si mayor, pero no…

                Salió. Yo sabía que tarde o temprano iba a suceder. Uno de los dos podía morir de hambre o como en mi caso con los riñones reventados. Cuando salió yo me ocupaba de salvar mis riñones detrás de un frondoso arbusto con un agradable olor a lavanda y ligeros pero contundentes toques de orina antigua. No supe identificar la especie pero afortunadamente me lleve, por accidente, un trozo enganchado al final de la cremallera. Aquella ramita,  con sus muchas hojas,  colgó  por delante de mi pantalón sin que me percatara hasta llegar a casa.

                Ella me vio e inició una huida. Tomé la revista y la seguí con dificultad porque no había un rincón de mi cuerpo que no estuviera conquistado por el dolor. Imposible; la perdí entre la gente. Volví a casa y mientras me dedicaba a identificar la especie de arbusto aproveché para cenar. Tengo por norma no perder una sola comida del día y llevaba la cena con retraso. A lo largo de la mañana tocaba desayunar antes de la comida. Se me antojó empalagosa la mañana. Lavanda, era evidente, uno de mis mejores sentidos no se puede equivocar siempre.

                Quizá la clave era aquella revista. Uno se parece a lo que lee… bueno, habrá excepciones, pues yo soy un gran lector de etiquetas de champú y todo tipo de frascos de los que habitan en los baños. Todo el inglés e italiano que se lo aprendí así. No es muy útil para viajar pero se con que cosas,  de las que tengo en el baño, me puedo suicidar de manera eficaz. Sin pensarlo me sumergí en las complejidades de aquella revista. Cotejaba datos buscando en internet y viendo videos en youtube. Exhausto, mientras cenaba, por fin llegué a una conclusión: la ropa importa y el aspecto también. No es importante lo que uno es sino lo que uno parece. Decidí parecerme a uno de los personajes que mas se repetían en aquella publicación: quería ser como el torero  pero sin uniforme. Busqué en mi armario ropa que había descartado porque esencialmente había encogido, incluyendo el cinturón. Me sentí algo constreñido,  pero sé que todas las cosas tienen un precio. Vestido, me desplacé con dificultad hasta el baño, me puse frente al espejo y con un poco de nívea me embadurné el pelo… luego lo peiné hacia atrás y al final guiñé un ojo. Era otro.

                Salí a la calle e inmediatamente noté el efecto. Atraía las miradas. Tantas mujeres y algún hombre no pueden estar equivocadas. Esta vez iba a decir si. Mañana va a ser un gran día. Me fui a dormir y dormí.

                Cuando salió para ir a trabajar yo ya estaba allí, vestido, peinado y desayunado para la ocasión… Llevaba media hora comprobando mi capacidad de atracción. Diez o doce mujeres y dos obreros de la construcción me dedicaron más que miradas. Cuando me vio sonrió. Por fin había tocado sus sentidos y ya conquistada solo queda abordarla con una conversación acorde con la coyuntura. Justo cuando educadamente iba a iniciar mi, reconozco que ensayado, discurso, dijo no,  se dio la vuelta y huyó otra vez. La perseguí hasta que nos encontramos ella, yo y un atento policía que me trajo aquí …

                Yo solo sé que el amor es  inmune a las negativas, al no por respuesta… soy un aventurero con una orden de alejamiento clavada en el corazón.

                José A. Fernández Díaz.   

 

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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Comentarios

Gitano tiradas gratis 02/24/2015 21:50

Buen artículo, disfruté leyéndolo.

Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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