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25 septiembre 2014 4 25 /09 /septiembre /2014 00:08

                Manolo sacaba a pasear sus plantas de maría una cada día de la semana  en justo orden, y lo hacía cuando el sol ya no quemaba. Lo hacía con la naturalidad propia de quien se sabe amante del reino vegetal. Utilizaba para semejante menester un viejo y destartalado carrito de bebé,  que había pertenecido a una antigua novia que una mañana de Octubre, decidió que la vida seguramente estaba en otra parte  y, aburrida de ser hotel de falsas esperanzas, se fue sin música a otra parte, justo allí donde reside una hierba que llaman olvido…

                Se quitó de la vida arrancándosela de un tajo acertado y definitivo. Se llamaba Aurora y se llamó Aurora para siempre, porque los poemas que la contaban, sobre la pared de los servicios, gastada de tanto ser mirada,  hablaban  solo de ella y de como brillaban sus ojos negros cuando la vida rozaba la media noche.

                Escribía aquellos poemas un tal Germán, hijo de sus vicios, confesables todos , algunos ilegales y los otros también … Escribía las historias mas tristes que cualquiera pueda imaginar y los poemas mas melancólicos. Feliz siempre con maría en su memoria,  Germán había hecho de maría la musa de sus paisajes, hasta que un día aburrido y sin ganas de inventarse razones para sobrevivir, decidió bajarse  del mundo en marcha  y, por una vez, encabezar un titular. Nunca llegó a conocer cuan pobre es la trascendencia de una esquela  y cuan  efímera también. Se llevó su felicidad contrastada y dejó la tristeza inventada para no tener que vivirla. Dejó sobre la pared donde uno mira mientras orina un epitafio que siempre llamó la atención de Tomás: “aquí estuvo un poco vivo aquel que ahora yace completamente muerto y alojado en algún lugar  sin paso de peatones”.

                Tomás había hecho alguna canción con los versos  dedicados a Aurora y también con la sombra de aquel epitafio. Entendía bien la vida porque se la contaban los otros, casi siempre contra su voluntad. Cuando no cantaba, escuchaba con paciencia  y componía, en medio de las noches,  con retazos,  canciones que cantaba siempre por primera vez a Ursula, modelo de un extraño y triste pintor  especialista en blanco y negro, mas por necesidad que por inspiración.

                La primera vez que maría le regalo inspiración y felicidad  tenía un breve sabor a los labios de Ursula en algún lugar de los suyos. Se habían amado apoyados en la pared del vetusto almacén del club, entre botellas vacías de contenido y contenidos llenos de placeres baratos… maría entre ellos, compartida, disfrutada. Al salir a la luz, descamisado el, perfecta ella, se dieron de bruces con los infinitos grises que Carlos había encerrado en un rectángulo de tela y que pretendían ser un mapa del cuerpo al que Germán acababa de reconocer en la trastienda. Ella se fue con Carlos y su obra,  Germán con la su música a otra parte, en concreto  a un rincón entre una vieja librería atiborrada de libros de misa mezclados con  sesudos documentos dedicados al marxismo y una inútil maquina de coser. Allí interpretó una canción que había escrito para ella mientras se la imaginaba riendo bajo la lluvia. Los miraba de lejos mientras conversaban sin mirase apenas.

                Entraron  Almudena y Chus, cogidas de la mano, respiraron hondo y se dejaron atrapar por la atmósfera grata del club. Traían poesía, mucha poesía construida con la piel de sus sentidos. Los versos,  todos, olían a sexo contado, a alcohol dulce, libros ajenos, mucha maría y vida vivida para llenar muchos sueños. Saludaron al poeta de la barra y encargaron sendas jarras de cerveza gallega sin mas. Ernesto, catedrático de filosofía, dormía sus peripecias muy cerca del lugar donde envejecían algunas fotos de entrañables habitantes perpetuos de aquella nave sin destino cierto.  Sobre su mesa “Alicia en el país de las maravillas” y un porro consumido por el olvido…

                Con aplausos sinceros agradecieron a Germán aquel gesto de sinceridad en el que había convertido cada una de sus canciones y entonces llegó el momento de dejar caer las luces y releer con la memoria los versos perdidos entre mesas y botellas, detrás de las sombras o bajo la pintura, tras los cuadros y fotos de siempre.  Por aquel lugar iban pasando poco a poco los tiempos muertos de vidas escandalosamente generosas,  incapaces de guardarse para siempre en los cajones del olvido el clamor de sus sueños. Portaban un extraño virus que les convertía en exaltados constructores de lo que en el rotundo mundo real no sirve para nada.

                José A. Fernández  Díaz.   

                      

 

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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